Yo no estoy de acuerdo

Parece que la democracia está en crisis. Nos alertan desde los medios de comunicación; se evidencia desde las redes sociales y se traduce en movimientos geopolíticos inauditos. En los colegios e institutos también se ha degradado el sistema democrático.

El derribo legal de la participación democrática en los centros educativos se produjo con la LOMCE en 2013. Desde entonces, en el Proyecto Educativo de Centro, en la Programación General Anual, y en la Normativa de Organización y Funcionamiento, la opinión del claustro no es decisiva. Ni siquiera lo es en la elección del director. Al claustro se le informa. Se supone que participa. Si hay suerte, alguien da su opinión en tono bajito y humilde (no vaya a ser que se le tache de disidente), y se levantan actas. Pero el director (o la administración) toman las decisiones. Así tenemos directores cuyos claustros no les han apoyado o proyectos educativos que nadie conoce ni lee, programaciones burocratizadas que responden a plantillas dadas, y normativas internas avasalladoras que, en algunos casos, vulneran los derechos de los alumnos o la dignidad de los profesores.

Pero no solo la ley resta valor a la opinión del claustro. La absurda creencia de que el acuerdo está en los ácaros se ha instaurado en los ambientes académicos y parece que sí, que todos tenemos que estar de acuerdo. O, por lo menos, tenemos que estar parcialmente de acuerdo con lo que opine o disponga la dirección o la administración. Porque alzar la mano en un claustro virtual de ciento cuarenta personas, opinar lo contrario a lo que transporta el oxígeno imperante, conseguir que la voz se oiga, que no te cierren el micro y que se respete la opinión es harto difícil. Por eso calla el profesorado, aunque luego, en los pasillos, circule otro tipo de ácaro que suele ser bastante más nocivo.

En esta tesitura, cuando un profesor expresa una opinión y desea aportar una idea para reconstruir algo, a nadie se le ocurre la posibilidad de que sea bienintencionado. Si la dirección entrevé un ápice de razón en el asunto, no integra la voz discordante en una comisión de trabajo, por ejemplo, sino que aplica las medidas oportunas de forma unilateral.

Los profesores deben recuperar la voz. El voto del claustro debe volver a ser decisivo. Su voz debe ser escuchada para que se produzca debate. La relación tesis-antítesis-síntesis (de Hegel o de Johann Gottlieb Fichte, como ustedes prefieran) es fundamental para conseguir el progreso en los centros. La dirección puede presentar su tesis; algún profesor puede presentar una antítesis y, tal vez, en la síntesis, resolvamos algo. Para ello, todos debemos tener esqueleto democrático y creer valientemente que la democracia sirve para algo. Hay que levantar la mano: “Yo no estoy de acuerdo”.

 

Autora: Aurora Espín Martínez

Catedrática de Instituto de Lengua Castellana y Literatura. Licenciada en Filología Hispánica, Ciencias de la Información y Literatura Comparada. Con treinta y cinco años de docencia. Socia y miembro de la Junta directiva de OCRE.

 

 

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