De los ámbitos a la inteligencia artificial: el arte de vaciar la escuela sin que nadie se dé cuenta
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la gran ocurrencia de la Conselleria Educación del govern del Botànic fue la interdisciplinariedad obligatoria. La solución a todos los males era agrupar materias en «ámbitos» para que un solo profesor —especialista en una de ellas, no necesariamente en las demás— impartiera Historia, Matemáticas y Lengua a la vez. El resultado fue el esperpento que OCRE llevó a los tribunales y documentó en sus 16 puntos de despropósito.
Ahora, con un nuevo gobierno en la Generalitat Valenciana, la moda ha cambiado. Ya no se habla de ámbitos. La palabra mágica ahora es pensamiento computacional, robótica, inteligencia artificial y programación. El envoltorio es distinto, pero el caramelo es el mismo: vacío de contenido, despilfarro de dinero público y una pedagogía de postureo que idolatra lo nuevo sin preguntarse para qué sirve.
En OCRE ya hemos visto esta película antes. De hecho, la denunciamos. Y la guerra contra los ámbitos nos dejó lecciones que ahora, con el nuevo juguete tecnológico, conviene recordar.
Lección 1: siempre es una imposición, nunca un debate
Cuando los ámbitos se implantaron, la Conselleria los presentó como «innovación». La realidad fue muy distinta: no existía investigación científica sólida que avalara la organización curricular por ámbitos, como documentó OCRE. Tampoco se respetó la libertad de cátedra ni se consultó a los claustros. Se aprovecharon coyunturas como la pandemia para colar la medida sin consenso.
¿Les suena conocido? Ahora pasa exactamente lo mismo con la robótica y el pensamiento computacional. No hay estudios concluyentes que demuestren que un niño de seis años que programa un robot aprenda más matemáticas o desarrolle mejor abstracción. Pero ahí están los altos cargos, financiando cursillos exprés y eventos propagandísticos de altos vuelos, mientras el profesorado se pregunta: ¿esto quién lo ha pedido? ¿Dónde está la evidencia?
Lección 2: el negocio privado, siempre al acecho
Detrás de los ámbitos había una operación de maquillaje estadístico y un negocio: editoriales y asesorías externas. Con la robótica, el negocio es aún más obsceno.
El programa Código Escuela 4.0 ha movilizado para la Comunitat Valenciana 39 millones de euros del erario público (fuentes: BOE-A-2023-16620, BOE-A-2024-18091 y resolución GVA de 13 de mayo de 2025). El desglose es revelador:
- 32,7 millones proceden de la distribución estatal de 2023 (BOE-A-2023-16620). De ellos, 21,6 millones se destinaron a la compra de equipamiento (robots, kits, hardware) y solo 11,1 millones a la formación del profesorado. El doble en cacharrería que en personas.
- Al año siguiente, la Conferencia Sectorial añadió 6,5 millones más (BOE-A-2024-18091).
- Y aquí viene la trampa, otra más. Estos fondos se distribuyen entre todos los «centros sostenidos con fondos públicos» (BOE-A-2023-16620) —una expresión que, como por casualidad, agrupa bajo el mismo paraguas a los centros públicos y a los privados concertados. ¿El resultado? Que, de los 21,6 millones para equipamiento, una parte significativa —exactamente 6,2 millones, resueltos en plena semana de huelga indefinida del profesorado público (resolución GVA de 13 de mayo de 2025)— ha ido a parar a 350 colegios concertados. El lenguaje maquilla la realidad: no se dice «subvención a privados», se dice «dotación a centros sostenidos con fondos públicos». Pero el dinero es el mismo. Y sale de nuestros impuestos.
La fotografía es diáfana: 39 millones de euros en kits que caducan en dos años, plataformas con suscripciones anuales y formación exprés. Las grandes empresas tecnológicas se frotan las manos. La fiesta la pagamos todos. El negocio se lo llevan unos pocos.
En OCRE ya lo denunciamos en nuestro manifiesto fundacional: se está facilitando «la privatización y mercantilización de todo el sistema al favorecer la entrada de organizaciones empresariales del sector tecnológico». La misma cantinela, distinto disfraz.
Lección 3: cada ocurrencia tiene su congreso y su escenario
No hace falta irse muy lejos para ver cómo se vendió la moto de los ámbitos. En mayo de 2022, la Cumbre Internacional de la Profesión Docente (ISTP) celebrada en el Museu de les Ciències Príncipe Felipe de Valencia congregó a ministros de 16 países, a la cúpula de la OCDE y, por supuesto, a nuestros anfitriones: el entonces Secretario de Estado, Alejandro Tiana, y el Secretario Autonómico, Miguel Soler.
Allí, en un escenario de superlujo, se aplaudió la interdisciplinariedad forzosa como si fuera la panacea. El resultado ya lo conocemos: un despropósito que OCRE llevó a los tribunales. Ahora, con la robótica, la función se repite en el mismo teatro —o en CaixaForum, que viene a ser lo mismo— con idéntica parafernalia y el mismo desprecio por la evidencia científica.
Cada administración necesita su «buque insignia». Cada ocurrencia exige su congreso ad hoc. Y siempre, siempre, se elige un escenario emblemático para la foto: el Príncipe Felipe ayer, CaixaForum hoy. El mensaje es claro: esto es importante, esto es moderno, esto es caro. Y nosotros, los docentes, somos los comparsas de lujo que tenemos que aplaudir.
¿Por qué cada gobierno necesita su juguete educativo?
La respuesta es sencilla y miserable a la vez: la política educativa se ha convertido en un espectáculo de marketing. Un gobierno necesita mostrar que hace algo, que innova, que está a la vanguardia. Es más fácil comprar robots y organizar un evento con música que arreglar goteras, bajar ratios o negociar con sindicatos. La foto institucional con un robot de colores vende. La foto de un profesor haciendo horas extra, no.
Pero hay algo más profundo, más tremendo, más desolador. Cada ocurrencia —ámbitos ayer, robótica hoy, mañana no sabemos qué— comparte una misma dirección: idiotizar al alumnado bajo apariencia de modernidad. Porque los ámbitos vaciaban los contenidos de las materias para diluirlos en proyectos interdisciplinares superficiales. Y la robótica educativa, tal como se aplica hoy, confunde manejar un dispositivo con comprender los sistemas. El niño aprende a pulsar botones, pero no entiende el algoritmo. Sigue instrucciones, pero no abstrae. Se divierte, pero no piensa.
Como advirtieron numerosos expertos durante la lucha contra los ámbitos, la prioridad en las primeras etapas debería ser aprender a leer, escribir y calcular. Pero eso no vende. Eso no da titulares.
El denominador común: vaciamiento, coste y desorganización
Lo hemos visto con los ámbitos. Lo estamos viendo con la robótica. Y lo veremos con la próxima ocurrencia que les venga a la cabeza a los políticos de turno.
a) Nos sale caro. Muy caro. Trescientos millones de euros que podrían haberse destinado a bajar ratios, mejorar infraestructuras o subir salarios. Pero no. Mejor compramos robots y alquilamos auditorios de lujo.
b) Supone un vaciamiento del conocimiento. Porque la tecnología no es neutra. Si se introduce sin una base sólida de matemáticas, lógica y ciencias, no forma pensadores críticos, forma consumidores dóciles de interfaces. Exactamente lo que necesita el mercado.
c) Es un desastre organizativo. Como ocurrió con los ámbitos, que generaron situaciones absurdas como que un profesor de Historia impartiera Valenciano y un profesor de Valenciano impartiera Historia. Ahora ocurre lo mismo: maestros de Infantil con un cursillo de fin de semana se convierten en «expertos en pensamiento computacional». Y mientras tanto, las ratios siguen por las nubes y la burocracia asfixia.
Punto y aparte: la lentitud como seña de identidad
Por si todo lo anterior fuera poco, hay un detalle que desmonta cualquier intento de maquillar este despropósito como «planificación estratégica»: la administración ha tenido que ampliar el plazo para ejecutar el programa hasta agosto de 2027. Lo publicó el BOE en junio de 2025.
La justificación oficial es «poder desarrollar las acciones». La traducción al lenguaje de la calle es mucho más sencilla: no han sido capaces de gastarse el dinero a tiempo.
Mientras el profesorado organiza desdobles con tres días de antelación, cubre bajas sin preaviso y resuelve emergencias sobre la marcha, los altos cargos necesitan cuatro años para comprar unos robots. La lentitud en los niveles altos de la administración no es torpeza. Es incompetencia institucionalizada. Es la prueba de que quienes diseñan estas políticas no tienen ni idea de lo que implica ejecutarlas.
Conclusión: si para gastar 40 millones hacen falta cuatro años, algo falla. Si para arreglar una gotera hacen falta cuatro meses, también falla. Pero a ellos les da igual. Porque lo importante no es que funcione. Lo importante es que salga en la foto.
OCRE se posiciona, una vez más
En la asociación OCRE no nos cansamos. Literalmente. Porque no nos dejan.
Ya lo hicimos con los ámbitos: recogimos datos, organizamos congresos, denunciamos ante los tribunales, y documentamos cada disparate. Y lo volvemos a hacer ahora con la robótica obligatoria, el pensamiento computacional de saldo y los eventos de postureo en CaixaForum.
¿Nuestra posición? Clara como el agua de un charco en una clase con goteras:
Primero: no estamos en contra de la tecnología. Estamos en contra de la tecnología sin contenido, la que confunde manejar un interfaz con comprender un sistema. Un niño que programa un robot no está «pensando computacionalmente» si no sabe lo que es una variable, una condición o un bucle. Está jugando a ser ingeniero, igual que otros juegan a ser bomberos. La diferencia es que al bombero de mentira nadie le da un título ni le financia un congreso.
Segundo: exigimos formación real para los docentes, no cursillos exprés de fin de semana. La robótica educativa no es un pasatiempo. Requiere conocimientos de matemáticas discretas, lógica formal y ciencias de la computación. Si no los tienes, no puedes enseñarlos. Punto. OCRE ya alertó de que la implantación de los ámbitos traería una «formación insuficiente y exprés» para el profesorado. Ahora ocurre exactamente igual.
Tercero: denunciamos el negocio que se esconde detrás. Trescientos millones de euros en kits, plataformas, asesorías y eventos. Mientras tanto, las aulas se caen, las ratios se disparan y los salarios se congelan. La misma cantinela que con los ámbitos, solo que con robots más caros.
Cuarto: recordamos a la administración que la escuela no es su escenario de propaganda. Ni los ámbitos ayer, ni la robótica hoy, ni la ocurrencia de mañana. La escuela es un lugar serio, donde se enseña y se aprende con rigor. Si quieren hacerse la foto, que se la hagan en el Palau. Pero que no nos utilicen a nosotros ni a nuestros alumnos como atrezzo.
Por eso, desde OCRE seguiremos haciendo lo mismo que hicimos contra los ámbitos: documentar, denunciar y movilizar. Porque esta película ya la hemos visto. Y sabemos cómo acaba: con el profesorado harto, los políticos de vacaciones, y los niños sin aprender ni de verdad ni de mentira.
Artículo escrito con el historial de lucha de OCRE contra los ámbitos. Porque algunos no olvidamos lo que costó parar aquel despropósito, y no vamos a callarnos ahora que llega la robótica con su séquito de postureo.
Asociación OCRE (Observatori Crític de la Realitat Educativa, www.asociacionocre.org)