Las movilizaciones educativas valencianas han conseguido algo poco habitual: convertir la burocracia en un problema visible. Durante años, buena parte del profesorado había asumido como paisaje inevitable una cantidad creciente de tareas administrativas absurdas, duplicidades documentales y exigencias formales que consumían tiempo y energía hasta límites difíciles de explicar fuera de los centros.
Esta vez, sin embargo, la cuestión ha aparecido de manera muy clara en las reivindicaciones docentes. Y no es casual.
El profesor pierde su sentido profesional
El agotamiento burocrático no produce solo cansancio. Produce una sensación mucho más profunda de pérdida de sentido profesional. Muchos docentes tienen la impresión de haberse convertido progresivamente en gestores administrativos de procesos educativos cada vez más difíciles de sostener en la práctica real del aula. Resulta significativo, además, observar cómo se desarrolla este tema en las negociaciones con la administración. La cuestión burocrática suele abordarse de forma superficial, como si se tratara únicamente de “simplificar trámites” o aliviar temporalmente la carga documental.
Y probablemente el problema sea bastante más profundo que eso.
Dime por qué te burocratizas y te diré quién eres
La burocracia educativa actual responde a una determinada forma de entender la escuela y de gobernarla. Durante décadas, la educación funcionó sobre un principio relativamente sencillo: existía un currículo más o menos claro, unos contenidos reconocibles y un margen importante de autonomía profesional dentro del aula. El sistema tenía defectos enormes, pero la legitimidad del docente descansaba fundamentalmente sobre su capacidad para enseñar conocimientos.
Hoy el escenario es distinto. El lenguaje educativo contemporáneo ha ido desplazando progresivamente el centro de gravedad desde los contenidos hacia los procesos. Esto genera una consecuencia casi inevitable: si el aprendizaje se redefine como un conjunto complejo de competencias, desempeños, indicadores y procesos personalizados, entonces todo necesita ser permanentemente registrado, descrito, evaluado y documentado. La burocracia deja así de ser un añadido incómodo del sistema para convertirse en una pieza estructural del propio modelo.
Programaciones, seguimientos, rúbricas, plataformas… ¿dónde “andará” la realidad del aula?
Basta observar lo que ocurre en muchos centros. Programaciones construidas alrededor de terminologías cambiantes que pocos docentes utilizan realmente en su práctica diaria. Situaciones de aprendizaje redactadas con niveles de detalle imposibles de trasladar después al aula real. Rúbricas interminables que convierten la evaluación en una operación casi industrial. Plataformas digitales donde cada acción debe quedar registrada como evidencia. Y, mientras tanto, una sensación bastante extendida de desconexión entre todo ese aparato documental y la experiencia cotidiana de enseñar.
Docentes saturados… pero muy “modernos”
Quizá por eso el malestar ha terminado estallando ahora. No únicamente por acumulación de trabajo, sino porque cada vez más docentes perciben que una parte creciente de su tiempo se dedica a alimentar mecanismos de control administrativo cuyo impacto pedagógico resulta, siendo generosos, discutible.
Lo llamativo es que este modelo se presenta constantemente bajo la retórica de la modernización, la calidad y la innovación educativa. Pero muchas veces produce el efecto contrario: docentes saturados, homogeneización metodológica, pérdida de autonomía profesional y una creciente cultura de simulación administrativa.
¿Quieren documentos?: ¡tomen documentos!
Porque esa es otra de las cuestiones incómodas que rara vez se verbalizan públicamente: buena parte de esta estructura absurda sobrevive gracias a ficciones compartidas. Documentos elaborados para cumplir procedimientos formales más que para orientar trabajo real. Lenguajes técnicos que en muchos casos funcionan como mera traducción burocrática de prácticas normales de aula. Programaciones copiadas, adaptadas y rehechas continuamente porque nadie dispone materialmente del tiempo necesario para construir desde cero toda la maquinaria documental exigida. Todo el mundo lo sabe. Pocas veces se dice abiertamente.
¡La IA nos salve!
La cuestión importante es qué ocurrirá después de que “nos salve” la IA que pretende implantar la administración. Pues, sin ánimo de ser catastrofistas: el problema no se va a solucionar. Si necesitamos a la inteligencia artificial para sostener el paradigma educativo actual es porque con la inteligencia natural no hay quien lo aguante. Entre otras cosas, porque este sistema educativo está destruyendo la inteligencia natural, dado que no la alimenta.
Para alimentarla, el contenido debe entrar en el aula con plena potencia. Los profesores deben enseñar, los alumnos aprender… y la burocracia, todos lo sabemos (también los padres y las madres) aquí no pinta nada.
Asociación OCRE (Observatori Crític de la Realitat Educativa, www.asociacionocre.org)