Hay un momento, tarde o temprano, en que cualquier padre con dos dedos de frente abre la plataforma escolar de su hijo y siente la misma mezcla de desconcierto y fatiga que experimentaría un mecánico leyendo instrucciones de montaje escritas por un chamán escandinavo después de un curso intensivo de coaching emocional.
Porque ya no basta con saber qué estudia el niño. Ahora hay que descifrar competencias específicas, indicadores de logro, instrumentos de evaluación, dinámicas cooperativas, productos finales, contextos significativos y no sé cuántas zarandajas más redactadas en esa neolengua pedagógica que parece escrita para impedir que alguien pueda formular una pregunta sencilla:
“Perdone, ¿pero aquí el chaval qué demonios tiene que aprender exactamente?”
Y uno empieza a sospechar que nadie lo sabe del todo. La escena se repite ya en demasiadas casas. Un alumno que apenas puede resumir con claridad dos páginas de texto pasa cuatro tardes grabando un vídeo sobre ecosistemas con música épica de fondo, transiciones de Canva y subtítulos animados. Otro fabrica una maqueta interactiva del aparato digestivo utilizando plastilina biodegradable y códigos QR. Algunos preparan exposiciones teatrales sobre ecuaciones de primer grado mientras la rúbrica evalúa creatividad, comunicación audiovisual y capacidad de cooperación grupal. Las ecuaciones, por supuesto, quedan para otro día.
Lo más inquietante no es siquiera el disparate metodológico. Lo verdaderamente inquietante es la absoluta normalidad con la que todo esto ha empezado a aceptarse.
Muchos profesores acabaron exhaustos. Otros aprendieron a callarse.
Porque el problema educativo español ya no consiste únicamente en leyes absurdas o reformas mal diseñadas. El problema es que empieza a existir toda una generación de docentes formada íntegramente dentro del propio deterioro.
Los profesores que todavía conservaban una idea relativamente sólida de lo que significaba enseñar se han ido jubilando poco a poco. Gente con enormes defectos, naturalmente, pero que aún creía que un alumno debía salir de clase sabiendo más cosas de las que sabía al entrar. Profesores que podían resultar severos, anticuados o incluso insoportables, pero que distinguían perfectamente entre conocimiento y entretenimiento.
Muchos profesores acabaron exhaustos. Otros aprendieron a callarse. Algunos sobreviven rellenando documentos que desprecian en privado y fingiendo entusiasmo en cursos de formación donde un asesor pedagógico recién aterrizado les explica cómo “gamificar contenidos emocionales mediante aprendizaje-servicio”.
Mientras media Asia forma ingenieros capaces de diseñar microprocesadores, aquí organizamos seminarios sobre narrativas inclusivas aplicadas a situaciones de aprendizaje multisensorial. China desarrolla inteligencia artificial y computación cuántica. Nosotros mandamos a los niños a grabar podcasts sobre los ecosistemas usando emoticonos y música libre de copyright.
El problema empieza en las facultades de educación.
Pero el problema no nace realmente en las aulas. Empieza mucho antes. Empieza en las facultades de Educación y continúa después en ese purgatorio burocrático-pedagógico llamado Máster de Profesorado.
Allí futuros docentes pasan meses enteros hablando obsesivamente sobre metodologías activas, diseño competencial, innovación educativa, inclusión emocional, evaluación formativa y dinámicas cooperativas mientras el conocimiento disciplinar queda cada vez más arrinconado.
Importa menos saber historia que “trabajar el pensamiento histórico”. Importa menos dominar literatura que “generar experiencias lectoras”. Importa menos comprender matemáticas que “acompañar procesos de razonamiento”.
Y ocurre que asiste uno a determinadas jornadas educativas como quien entra en una iglesia donde hace tiempo que nadie cree demasiado, pero todos continúan repitiendo el ritual porque resulta peligroso preguntar en voz alta qué significa exactamente aquello de “contextualizar saberes desde una perspectiva competencial interdisciplinar”.
Y mientras tanto, el conocimiento desaparece lentamente debajo de la espuma metodológica.
Lo terrible es que muchos docentes jóvenes no actúan así por frivolidad. Hacen exactamente aquello para lo que han sido formados. Han pasado por una escuela degradada, después por facultades profundamente pedagogizadas y finalmente por sistemas de acceso donde importa mucho más dominar la retórica educativa oficial que poseer una formación cultural verdaderamente sólida. Y eso lo hemos permitido prácticamente sin pestañear, no es culpa suya, ha sido culpa nuestra.
¿Cuánto tiempo pasará hasta que se note en la forma de razonar, en la incapacidad creciente para sostener discusiones intelectuales largas? ¿Qué pasará cuando cualquier desacuerdo se convierta en un problema emocional?
Esta mezcla extraña de sentimentalismo pedagógico y superficialidad cultural está invadiendo ya muchísimos discursos educativos.
Y luego están las familias.
Porque ahí aparece la parte más amarga de toda esta historia. Muchísimos padres empiezan a percibir perfectamente la carencia de contenidos, pero ya ni siquiera poseen herramientas para discutirlo. Solo sienten que algo falla cuando descubren que sus hijos pasan horas produciendo materiales vistosos mientras los conocimientos reales se vuelven cada vez más frágiles, fragmentarios y superficiales.
Así que uno termina leyendo rúbricas de tres páginas para descubrir que al niño no le estaban evaluando química, sino creatividad audiovisual, habilidades colaborativas y expresión emocional delante de una cámara.
Y claro que después aparecen ansiedad, agotamiento y sensación de absurdo.
¿Cómo no iban a aparecer? Hemos construido una escuela donde muchas veces importa más parecer moderno que transmitir conocimiento. Una escuela obsesionada con las metodologías porque hace tiempo empezó a perder seguridad en aquello que debía enseñar.
Y quizá esa sea la peor noticia de todas. Porque cuando una civilización deja de tomarse en serio la transmisión del conocimiento, todavía puede seguir funcionando durante un tiempo. Puede incluso mantener la estética del progreso, llenar aulas de pantallas y multiplicar palabras brillantes en documentos oficiales.
Hasta que un día descubre que ya no sabe fabricar las cosas que usa, ni comprender los sistemas de los que depende, ni formar a la gente capaz de sostenerlos.
Para entonces ya suele ser demasiado tarde.
Asociación OCRE (Observatori Crític de la Realitat Educativa, www.asociacionocre.org)