La verdad, la mentira… y la interpretación de las estadísticas

La Dirección General de Innovación Educativa de la Conselleria de Educación de la Generalitat Valenciana presentó el pasado mes de mayo el resultado de unas pruebas diagnósticas realizadas en 4ª de Primaria y 2º de ESO sobre competencias en lenguas y Matemáticas. Son las conclusiones de las llamadas pruebas AVDI del curso 2023-24. Tienen un carácter informativo, formativo y orientador. Se supone que deben ayudar a los centros, profesorado y familias a entender mejor el rendimiento académico del alumnado. Además, deben permitir identificar factores contextuales que influyen en el aprendizaje y ayudar a diseñar políticas educativas más eficaces y equitativas. Puesto que se realizarán anualmente, los resultados podrán cotejarse con los de años posteriores. La intención parece correcta. Suponemos que se han hecho estas pruebas (y elaborado sus resultados) con rigor.

Pero ¿qué sucede si se presentan los datos obtenidos de forma poco clara? La infografía de la Generalitat Valenciana muestra los resultados, con gráficos menos reveladores de lo que es deseable.

Pasamos a estudiar con atención una de las pantallas que presentan los resultados y evitaremos, entre otras cosas, congratularnos por cifras en color verde, tal y como se hizo en la noticia cuyo titular rezaba: “Más de la mitad del alumnado de la Comunitat Valenciana demuestra un alto rendimiento en Matemáticas y lenguas. (https://www.europapress.es/comunitat-valenciana/noticia-mas-mitad-alumnado-comunitat-valenciana-demuestra-alto-rendimiento-matematicas-lenguas-20250522153335.html)

Tomamos el ejemplo de este resultado: un 52% del alumnado de 2º de ESO tiene un nivel muy alto en comprensión escrita, tal y como resalta la tabla. ¿Es así?

¿Qué quiere decir nivel alto? Los resultados de las pruebas se dividen en seis niveles, pero no se considera el 1º y 2º como bajo, 3º y 4º como medio, y 5º y 6º como nivel alto. Se computa como “alto” el porcentaje que aparece en los niveles 4º, 5º y 6º; bajos son los anteriores, y no hay nivel intermedio. Observamos que los tantos por ciento presentados sumados, no dan 100% pero, aun así, seguimos el análisis.

Hacemos el gráfico de otra forma. Asignamos a los niveles un valor numérico (1-2, 3-4, 5-6, 7-8, 9-10). Cualquier alumno, madre, padre o profesor, entiende estos valores de calificación. Si damos agrupación numérica a los niveles, el resultado es el siguiente:

Ahora no podemos hacer el titular publicado en prensa. No hay un nivel muy alto entre los alumnos 2º ESO en competencia escrita de Lenga castellana. No lo hay porque cualquier docente sabe que el nivel mayoritario de una clase es intermedio y que ese “intermedio”, en estos momentos, es “bastante bajo”, por usar un eufemismo.

Sin embargo, aun creyendo que la estadística presentada refleje la realidad, ¿qué pasa, por ejemplo, con el 48% que tiene un nivel de comprensión escrita en Lengua Castellana bajo a los 12/13 años? ¿No es grave? Nuestro titular al respecto no será de celebración. En el sistema educativo actual y en sus resultados hay mucho que observar, analizar y modificar… y poco que celebrar. Tampoco es de celebrar que los medios de comunicación no nos ayuden a mostrar la realidad con rigor.

Lo peor del caso es que ni la experiencia dentro del aula ni los resultados académicos de los centros avalan ese 52% positivo. Tampoco lo avalan, desgraciadamente como ya sabemos, los resultados de las últimas PAU ni los de las oposiciones para docentes. Y nada nos gustaría más que los adolescentes de este estudio fueran los primeros que tuvieran unos resultados magníficos en sus PAU, pero nos tememos que no será así, según este estudio; a no ser que se cambien ya las políticas educativas. Y desde la asociación OCRE aprovechamos este artículo para seguir ofreciendo, como lo hemos hecho en repetidas ocasiones, la experiencia de asociados en todas las etapas educativas para colaborar en la presentación de propuestas encaminadas a mejorar el sistema educativo de la Comunidad Valenciana y también a nivel estatal. Porque la realidad es que el nivel de nuestros alumnos no es alto y no lo será si no cambiamos el sistema educativo desde su base, si no ponemos como elemento central el conocimiento, el contenido.

Por otra parte, una Administración que realmente aspire a mejorar la calidad educativa, y no solo a exhibir propaganda política, debería publicar los datos en bruto de estas pruebas, anonimizando si fuera necesario los centros. Solo con esa información accesible a la sociedad, investigadores, docentes y familias sería posible un análisis riguroso, contrastar resultados en función de diferentes variables (sexo, Índice Socioeconómico y Cultural…) y detectar las verdaderas debilidades del sistema. Sin transparencia plena, cualquier conclusión oficial corre el riesgo de ser más un ejercicio de marketing que un diagnóstico útil para transformar la educación.
Lo que la prensa interprete como positivo o las cifras oficiales que se presentan como alentadoras son el resultado de la lectura “optimista” de unas estadísticas. Y ya sabemos que existe la verdad, la mentira… y la interpretación de las estadísticas.

 

Autora: Aurora Espín Martínez.

Catedrática de Instituto de Lengua castellana y literatura.

Licenciada en Filología Hispánica, Ciencias de la Información y Literatura Comparada. 

Treinta y tres años de docencia como funcionaria en once institutos públicos.

Asociada de OCRE.

Más allá de la creencia: Replanteando la docencia como una profesión basada en la ciencia

Algunas reflexiones sobre el clásico artículo de Douglas Carnine, «Por qué los expertos en educación se resisten a las prácticas efectivas».

Autores: JIM HEWITT Y NIDHI SACHDEVA

8 de julio de 2025

Créditos de la foto: Abdullah Hyder con Tom Sherrington en ResearchED Toronto 2025. ResearchEd es un movimiento social de base que une la investigación educativa y la práctica docente.

Ideas clave:

  • Carnine argumenta que la educación no es una profesión basada en la ciencia.
  • Las modas y la ideología tienden a influir más en la formación y el desarrollo profesional docente que la propia ciencia.
  • Una profesión docente basada en la ciencia es posible. Sin embargo, requiere un cambio cultural significativo que priorice las prácticas basadas en la evidencia.

En su provocador artículo, “Por qué los expertos en educación se resisten a las prácticas efectivas”, Douglas Carnine hace una afirmación contundente: a diferencia de la medicina o la ingeniería, la educación no es una profesión basada en la ciencia.

Esto puede parecer inicialmente extraño para algunos docentes. ¿Acaso los programas de formación docente no enseñan métodos de enseñanza bien fundamentados en la evidencia? ¿Acaso la formación continua del profesorado no se basa en investigaciones sólidas?

Douglas Carnine argumenta que, en su mayoría, no es así.

En su artículo, Carnine sostiene que la educación carece del rigor científico que se encuentra en campos como la medicina o la ingeniería. Cita ejemplos de líderes de opinión en educación que rechazaron enfoques basados en la investigación, como la Instrucción Directa, incluso después de que estos superaran considerablemente a otros modelos en estudios controlados a gran escala. Continúa sugiriendo que, en lugar de adoptar lo que funciona, muchos expertos en educación tienden a priorizar innovaciones no probadas o métodos que se alinean con sus preferencias ideológicas.

¿Tiene razón Carnine?

Creemos que sí. La educación, tal como está actualmente, claramente no es una profesión con base científica. Cuando los docentes se enfrentan a un problema difícil en el aula, rara vez recurren a la investigación para encontrar respuestas. Con mayor frecuencia, se basan en instintos, experiencia o estrategias aprendidas de colegas. Esto no significa que estos aspectos no tengan valor; sin duda lo tienen. Pero es sorprendente la poca frecuencia con la que se consulta la investigación.

La investigación también desempeña un papel sorprendentemente pequeño en la formación continua. Con frecuencia, la formación profesional promueve ideas familiares, populares o fáciles de presentar, pero no necesariamente con base científica. Los docentes que participan en estas sesiones de formación podrían dar por sentado que los materiales didácticos han sido rigurosamente examinados. En realidad, eso es poco probable. Se han dedicado, y se siguen dedicando, incontables horas de formación profesional a modas educativas como los estilos de aprendizaje y las inteligencias múltiples, a pesar de décadas de investigación que no han demostrado ningún beneficio para el aprendizaje de los estudiantes.

Profesores con experiencia nos han contado historias de escuelas que se comprometieron con una nueva iniciativa educativa un año, solo para verla abandonada discretamente al año siguiente. Esto puede generar escepticismo o incluso cinismo en los profesores respecto a las nuevas iniciativas. Cuando la última «gran idea» se presenta con bombos y platillos, pero desaparece sin resultados claros, los profesores empiezan a ver estos esfuerzos como modas en lugar de mejoras significativas. Con el tiempo, este patrón erosiona la confianza en el liderazgo y reduce el compromiso docente con la formación profesional futura. En lugar de preguntarse: «¿Cómo puedo aplicar esto para mejorar el aprendizaje de los alumnos?», los profesores pueden empezar a preguntarse: «¿Cuánto tardará esta también en desaparecer?».

¿Por qué ha sido tan lento el progreso en educación?

Carnine argumenta convincentemente que la falta de integración de la investigación científica en la educación explica por qué la profesión, en su conjunto, ha progresado tan poco a lo largo del tiempo. En medicina, los nuevos tratamientos se desarrollan mediante un proceso disciplinado de investigación, pruebas controladas, evaluación y perfeccionamiento. Los beneficios de este enfoque han sido evidentes. La esperanza de vida ha aumentado drásticamente. Se han erradicado o controlado enfermedades mortales. Ahora contamos con cirugías mínimamente invasivas, diagnósticos avanzados y terapias dirigidas que habrían sido inimaginables hace tan solo unas generaciones.

La educación, por otro lado, carece de este ciclo de mejora progresiva. A pesar de décadas de reformas y miles de millones de dólares invertidos en iniciativas de mejora, no está claro que los docentes sean más eficaces hoy que hace cincuenta años. Si bien el currículo ha evolucionado durante ese período, sería difícil afirmar que la calidad de la educación haya mejorado significativamente o que la brecha en los resultados de los estudiantes se haya reducido sustancialmente.

Como dice Carnine, la educación está atrapada en un ciclo de reinvención, reciclando constantemente ideas ineficaces bajo nuevos nombres en lugar de aprovechar las que han demostrado su eficacia.

La docencia como una profesión “basada en creencias”

¿Por qué persiste este ciclo? ¿Por qué los educadores se resisten a prácticas respaldadas por investigaciones rigurosas, mientras que adoptan otras que no están comprobadas? Carnine sugiere que se debe a que la educación funciona más como una profesión basada en creencias que en la ciencia. Las prácticas educativas a menudo se eligen no por su eficacia demostrada, sino porque se alinean con convicciones personales o ideológicas.

Esto ayuda a explicar por qué ideas como los estilos de aprendizaje, el aprendizaje por descubrimiento y la gimnasia cerebral siguen circulando ampliamente. Se difunden a través de libros, conferencias y desarrollo profesional, no porque estén respaldadas por evidencia sólida, sino porque se alinean con creencias o intuiciones populares sobre cómo aprenden los estudiantes. Parecen correctas, lo que las hace atractivas. Pero en muchos casos, la investigación que respalda estos enfoques es débil, inconsistente o completamente inexistente.

Además, a diferencia de la medicina, donde los tratamientos ineficaces se eliminan gradualmente, la educación carece de un circuito de retroalimentación integrado. No existe un sistema fiable para filtrar lo que no funciona ni para mejorar lo que sí. Como resultado, las creencias y la ideología suelen prevalecer sobre lo que tiene un impacto efectivo en el aprendizaje. Pasar de una moda a otra da a los docentes una ilusión de progreso, pero rara vez produce un mejor aprendizaje.

La cultura educativa basada en creencias no se limita a la práctica diaria. Comienza temprano, durante la formación inicial del profesorado. En lugar de enfatizar lo que sabemos de la investigación sobre cómo funciona el aprendizaje, los programas suelen ofrecer una variedad de estrategias, teorías e ideologías. Las tareas pueden incluir la redacción de una filosofía personal de enseñanza o el diseño de una lección que se alinee con una teoría educativa específica. Sin embargo, rara vez existe la presión de revisar la literatura de investigación para comprobar si un enfoque instructivo recomendado realmente mejora el aprendizaje del alumnado.

En consecuencia, muchos docentes terminan su formación inicial con algunas estrategias instructivas y convicciones sólidas, pero con poca base en lo que la investigación ha demostrado ser más eficaz.

Aquí es donde entra en juego la ciencia del aprendizaje. Invita a una mentalidad fundamentalmente diferente.

¿Qué significaría para la docencia convertirse en una profesión basada en la ciencia?

Imagine un mundo donde la enseñanza, como la medicina o la ingeniería, se asiente sobre una sólida base de conocimiento científico. En ese mundo, todos los docentes comprenderían cómo la carga cognitiva afecta el aprendizaje. Sabrían lo que dicen las investigaciones sobre la práctica de evocación y la ansiedad ante los exámenes, y cómo diseñar evaluaciones que potencien la memoria y a la vez fortalezcan la confianza de los estudiantes.

Contarían con estrategias que realmente ayudan a los estudiantes con dificultades y sabrían por qué ciertos enfoques tienden a funcionar mejor que otros. Entenderían por qué los estudiantes a veces olvidan lo aprendido y cómo evitarlo. Sobre todo, tendrían una comprensión sólida y práctica sobre cómo aprenden las personas y cómo usar ese conocimiento para enseñar de forma más eficaz.

La ciencia del aprendizaje: Un camino por el que avanzar

La ciencia del aprendizaje representa un esfuerzo por convertir la docencia en una profesión basada en la ciencia. Se basa en décadas de investigación en psicología cognitiva, diseño instruccional y medición educativa. Ofrece a los docentes algo valioso: claridad sobre cómo funciona el aprendizaje y qué tipos de instrucción lo apoyan mejor.

A diferencia de las modas educativas o las ideologías, la ciencia del aprendizaje no comienza con declaraciones de creencias o valores personales. Empieza con datos. Evoluciona mediante la experimentación, la replicación y el examen crítico. Y, al igual que otras disciplinas científicas, nos invita a cambiar de rumbo a medida que profundizamos en nuestra comprensión.

Esa mentalidad —de curiosidad disciplinada, apertura al cambio y compromiso con la mejora continua— es enormemente prometedora para la docencia.

Pero, ¿no son las aulas demasiado complejas para los enfoques científicos?

Algunos educadores han expresado su preocupación por convertir la docencia en una profesión basada en la ciencia. ¿Conduciría esto a una estandarización rígida, donde se espera que todos los docentes sigan el mismo guion? ¿Es siquiera posible aplicar los hallazgos científicos en una profesión donde cada decisión está tan profundamente influida por las diferencias individuales y los contextos locales?

Estas son preguntas válidas e importantes. Basar la docencia en la investigación no la hará sencilla ni mecánica. El trabajo seguiría siendo desafiante y dinámico, lleno de momentos inesperados que exigen perspicacia, flexibilidad y creatividad. Cada decisión pedagógica seguiría teniendo en cuenta la diversidad de orígenes del alumnado, la dinámica del aula, los objetivos curriculares, etc.

Pero en una profesión verdaderamente basada en la ciencia, la investigación educativa serviría como un poderoso sistema de apoyo. No dictaría cada paso que da un docente, pero ofrecería una guía bien probada sobre lo que suele funcionar y por qué. Los docentes podrían desviarse de esa guía cuando fuera necesario, pero lo harían desde una posición informada, conscientes tanto de la investigación como de las razones para elegir un camino diferente. La enseñanza seguiría siendo creativa, receptiva y profundamente humana, pero también estaría anclada en un creciente conocimiento sobre cómo se produce el aprendizaje.

Para ser claros, la ciencia del aprendizaje no exige una estandarización rígida. Respeta la autonomía docente y el criterio profesional. Pero nos pide que ejerzamos ese criterio dentro de un marco compartido de evidencia. Nos invita a formar parte de una profesión que perfecciona sus métodos con el tiempo, basándose en lo que funciona, no solo en lo que es popular.

Cuatro pasos hacia una profesión basada en la ciencia

Para transformar la docencia en una profesión basada en la ciencia, necesitamos construir estructuras que respalden la práctica basada en la evidencia. Aquí van cuatro maneras de comenzar:

  1. Priorizar las prácticas basadas en la evidencia en la formación inicial del profesorado

Los programas de formación docente deben exponer a los nuevos docentes a estrategias de enseñanza probadas, como la práctica de la evocación, la repetición espaciada, la evaluación formativa y la instrucción explícita. Estas representan algunos de los hallazgos más consistentes, replicados y convincentes en la investigación educativa. Estas estrategias han sido rigurosamente probadas y han demostrado mejorar el aprendizaje en diversos contextos.

  1. Fortalecer la alfabetización científica

Los docentes no deberían tener que aceptar las afirmaciones de las investigaciones sin más. Al igual que los médicos que leen revistas científicas, los docentes deben estar capacitados para leer, interpretar y evaluar los hallazgos de las investigaciones. Esto implica incorporar cursos, herramientas y hábitos mentales que ayuden a los docentes a preguntarse: ¿Cuál es la evidencia que respalda esto? ¿Qué nivel de solidez tiene? ¿Es aplicable a mis estudiantes?

  1. Establecer un núcleo compartido de conocimiento profesional

La educación carece de algo que la mayoría de las demás profesiones poseen: una base común de conocimientos con base científica. En medicina, cada estudiante aprende anatomía, fisiología y patología. En aviación, cada piloto comprende las leyes de la aerodinámica. La docencia no debería ser la excepción. Una comprensión compartida del aprendizaje, basada en la ciencia cognitiva y la teoría del aprendizaje, ayudaría a unificar la profesión y reduciría su susceptibilidad a las modas pasajeras.

  1. Evaluar la calidad de la evidencia en la formación profesional

Los docentes suelen dar por hecho que si una sesión de formación profesional es impartida por la junta escolar o un consultor, está basada en la evidencia. Sin embargo, a menudo no existe un sistema formal que garantice que esto sea cierto. Como resultado, las sesiones de formación profesional suelen promover ideas con poco o ningún respaldo empírico.

Si queremos detener la propagación de modas educativas, necesitamos una manera de introducir el control de calidad en el desarrollo profesional. Esto significa ser transparentes sobre la investigación que respalda lo que se enseña y honestos cuando la evidencia es débil o está en evolución.

Un futuro esperanzador

Transformar la educación en una profesión basada en la ciencia no será fácil. Una de las mayores barreras para el cambio es la inercia cultural. En educación, la «creencia» está profundamente arraigada. Incluso los defensores de la ciencia del aprendizaje a veces hablan de «creer» en aspectos como la instrucción explícita o la práctica de la evocación. Es una práctica que los docentes deben superar de alguna manera. Cuando enmarcamos los enfoques educativos en términos de creencia, continuamos con el hábito de reemplazar un conjunto de intuiciones por otro, en lugar de cultivar el hábito de la indagación crítica que exige la ciencia.

La ciencia del aprendizaje no debe verse como un conjunto de prácticas que se aceptan por fe. Más bien, es un creciente corpus de evidencia que nos ayuda a comprender qué funciona en la educación y por qué. Nos exige examinar las afirmaciones de forma crítica, adaptar nuestros métodos a medida que surgen nuevas evidencias y permanecer siempre abiertos a la posibilidad de equivocarnos. Al adoptar esta mentalidad, podemos transformar la educación en una profesión donde las decisiones instructivas estén basadas en la investigación, donde los maestros estén capacitados con el conocimiento que necesitan y donde los estudiantes se beneficien de prácticas que respalden mejor su aprendizaje.

 

REFERENCIAS

Carnine, D. (2000). Why education experts resist effective practices (and what it would take to make education more like medicine). Thomas B. Fordham Foundation. https://www.wrightslaw.com/info/teach.profession.carnine.pdf

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Artículo original: https://scienceoflearning.substack.com/p/beyond-belief-reframing-teaching

Traducción del inglés de Paco Benítez, con el permiso de los autores Jim Hewitt y Nidhi Sachdeva, quienes muy amable y generosamente han dado a la Asociación OCRE permiso expreso para publicarlo en su página web.

La Escuela guay: ¿progreso o peligro para la educación?

La escuela ha cambiado. Esto no es algo que debiera sorprendernos. Como cantaba Mercedes Sosa, todo cambia. Ahora bien, los cambios pueden ser positivos o no y esto sí es algo a lo que la sociedad debería prestar especial atención. Como ya señalase Zygmunt Bauman, vivimos en una época de liquidez, de volatilidad. A lo anterior, se podría añadir que esta situación ha ido incluso más allá. Si uno de los móviles de la modernidad en sus orígenes era la ruptura con esquemas que entorpecían el progreso, habría que preguntarnos cuáles son los nuestros a día de hoy. De lo contrario, la sociedad se estaría moviendo por pura inercia, sin saber hacia dónde se dirige ni por qué, como si un ansia neurótica le susurrase al oído constantemente que no es posible detenerse por mucho tiempo en un mismo punto. Da igual si el movimiento o el cambio es bueno o necesario —o ambas cosas—, la cuestión es moverse.

Resulta particularmente sorprendente esta necesidad de cambio tan apremiante, permitiéndonos considerar aquí con mucha mayor seriedad, si cabe, una reflexión recurrente en El deber moral de ser inteligente y Prohibido repetir de Gregorio Luri: ¿Es lo novedoso bueno por el simple hecho de serlo? Ya hace algunos años, en la muy recomendable obra de Ripoll y Aguado Enseñar a Leer, se explicaba cómo durante un tiempo, durante la época de la Transición a la democracia, se comenzaba a abogar por el método global de enseñanza de la lectoescritura en detrimento del método sintético, pues esto era lo novedoso, lo progresista; la manera de romper con lo viejo e indeseable, pues pareciera ser que todo aquello que suena a tradición debe ser inmediatamente desechado. El sentimentalismo se imponía a criterios basados en la observación y la razón por entonces, tal como continúa haciéndose actualmente. Desde luego, no se pretende juzgar las buenas intenciones de aquellos que, por entonces, sin evidencia concluyente, pudieran considerar otras maneras de enseñar algo tan fundamental como la enseñanza de la lectoescritura sin tener a mano el cuerpo de evidencias que se ha podido acumular varios años después, pero no deja de ser un ejemplo muy elocuente de criterios para la selección de métodos y/o enfoques pedagógicos bastante alejados de parámetros técnicos debidamente contrastados, sin embargo, no deja de resultar muy significativo que todo esto va a parar al mismo lugar: lo novedoso como equivalente de mejor o superior. Hágase si se puede, el ejercicio de consultar la oferta formativa de los diferentes centros de formación del profesorado a lo largo y ancho del territorio nacional. Es probable que se encuentre una combinación de palabras muy recurrentes —incluso en el nombre de por lo menos, 5 de estas instituciones—. Por supuesto, esto no quiere decir nada concluyente, pero al mismo tiempo, resulta interesante notar el giro semántico al que asistimos desde hace algunos años.

En relación a lo anterior podemos decir que esta tendencia ha cambiado poco, pues constato —permítaseme aquí hablar en primera persona— con mucha mayor preocupación un fenómeno cada vez más extendido en claustros de Educación Infantil y Primaria, y que al parecer también tiene cabida en Secundaria. Suelo referirme a ella como la escuela guay, o la escuela de lo guay. Quizá yo no he dado en los lugares adecuados, pero gran parte de las conversaciones que es posible oír en diferentes reuniones o leer en interacciones en internet donde participan profesionales de la educación en activo tienen como uno de sus criterios principales “lo guay”. En una era donde el acceso a la información —y a la buena información— puede ser llevada a cabo a golpe de clic, abunda, sin embargo, una preferencia por lo rápido y vistoso. Todo esto —o al menos así quiero creerlo— sin evaluar el impacto que puede llegar a tener el no entregar o reducir al mínimo posible una serie de conocimientos necesarios por el simple hecho de resultar tediosos, para que este lugar sea ocupado por experiencias más estimulantes que en ocasiones, apenas y tienen un sentido educativo o, en el peor de los casos, carecen del mismo. Y es que, sí… La buena información está disponible, pero hallarla y seleccionarla requiere no solo tiempo, sino también cierta familiaridad con la cultura científica, además de quizá, un puente que por lo pronto parece seguir en construcción entre la comunidad de investigadores y la escuela. No busquemos culpables, pero, al menos, identifiquemos nuestros posibles puntos débiles.

Aunque pudiera parecer atrevimiento, hablando únicamente desde la experiencia personal, no tendría muchos reparos en decir que, si hubiera de realizar un índice de frecuencias tras conversaciones formales o informales en cuanto a educación, la palabra “guay” ocuparía uno de los primeros lugares —siempre que limpiemos ese índice de artículos y preposiciones—. Y no, no estoy abogando por aquellos tiempos de los que hablaba Émile Durkheim en La educación moral, donde los propios estudiantes iban a recoger las ramillas con las que posteriormente serían azotadas sus espaldas, o aquella escuela más cercana en el tiempo a muchos, donde un profesor-cura —o cura-profesor— tenía total libertad para maltratar a un estudiante. Lo lúdico, motivante, emocionante —entre otros— puede y debe tener su espacio en la escuela, al final ¿no es todo esto parte de la experiencia humana? ¿Por qué excluirlo entonces? Sin embargo, cuando en ocasiones la labor del profesor es la de hacer parecerse la escuela más a un campamento de verano que a un lugar destinado a la formación intelectual y cívica tenemos un problema. ¿Ha aumentado la complejidad de las aulas en los últimos años? Sí. ¿Han de buscarse maneras de fomentar el gusto por el conocimiento? También. ¿Es esto sencillo? Por supuesto que no, pero reducir la labor del docente a la de un agente cuya mayor aspiración es la de ser un engranaje de una institución meramente asistencialista no solo es injusto, es peligroso.

Mucho me temo que esto no es más que un síntoma de un problema estructural mucho mayor, que hunde sus raíces en una sociedad que, aunque cree tener un espíritu comunitario fuerte es mucho más individualista y hedonista de lo que cree. ¿Consecuencia de abandonar la reflexión humanística para servir a intereses productivos? Quizá… No obstante, no corresponde reflexionar en torno a estas cuestiones aquí. Pero piénsese un poco en esto, de un tiempo a esta parte no es extraño que el tema del bienestar forme parte central de la agenda de los centros educativos, concentrando gran cantidad de esfuerzos y recursos en esto mismo y descuidando deliberadamente otro tipo de funciones escolares básicas. Nuevamente, no estoy abogando por abandonar a estudiantes que verdaderamente pueden estar lidiando con situaciones muy desafortunadas, aunque creo que es justo decir que en estas circunstancias las instituciones administrativas deberían dotar de recursos humanos con un perfil más apropiado que el de un profesional de la educación. Más bien, hago referencia a todas aquellas decisiones que se toman para evitar el malestar de estudiantes que no quieren intentar superar las dificultades que se pueden encontrar en sus periplos formativos, trayendo como consecuencia una bajada de listón generalizada en términos de contenidos. Me tomo aquí la licencia de traer a colación una idea recurrente de Alberto Royo, ¿no sería mejor ayudar a los estudiantes a superar las dificultades en vez de eliminarlas sin siquiera intentarlo? ¿No nos vamos a responsabilizar en algún momento de rendirnos en la tarea de entregar el conocimiento a nuestros estudiantes por no perturbar su tranquilidad? ¿No es esto acaso mezquino viniendo de personas que hemos vivido más y que hemos tenido que vivir en carnes que la vida no es siempre sencilla?

Ciertamente, como ya he señalado, no son tiempos fáciles. No se puede llegar a todo ni a todos, pero al menos, se puede intentar comprometerse día a día a llegar lo más lejos posible, incluso sabiendo que como ya dijo Freire en El maestro sin recetas, la educación tiene límites, pero sin perder de vista que aún pese a ello, la educación también es una herramienta de transformación social enorme, y si no, consúltense los datos ofrecidos por Steven Pinker en En defensa de la Ilustración y, al mismo tiempo, inténtese establecer una correlación entre los niveles de progreso y el aumento de acceso a la educación. Creo, sin temor a equivocarme, que todo ello no vino exactamente de la mano de la escuela que tiene por objeto último ser guay y mostrar a todo el mundo lo espectacular que puede ser, sino, muy probablemente, de aquella escuela que no sintió complejos al hablar de esfuerzo, paciencia y dedicación. Si bien es cierto, aunque en los últimos años hemos sido bombardeados por estas corrientes —especialmente desde las universidades y los medios de comunicación—, ideas que además parecen a priori bastante razonables, estamos en el deber de “leer la letra pequeña” y actuar con prudencia. Esto último es un acto de amor hacia la infancia, nuestra infancia, y una forma de entregarles la mayor cantidad de elementos posibles para que puedan enfrentarse a la vida.

Muchos miembros de la sociedad queremos una revolución, una revolución hacia un mundo más justo, más noble. Pues bien, quisiera cerrar esta reflexión recordando el inicio de El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, donde se nos pone en frente de tres adolescentes-jóvenes: Sofía, Carlos y Esteban, a quienes se nos describe absortos en una casa llena de libros, mapas, instrumentos náuticos, entre otras cosas. Es muy evocador que Carpentier haya elegido como antesala a los hechos de la revolución que vendría páginas más adelante a tres jóvenes, deseosos de conocimiento, situados ante los elementos depositarios del saber y de la cultura y que, muy posiblemente, eran también los depositarios e impulsores de las ideas de la revolución y el cambio. Tres jóvenes que, sin saberlo, estaban viviendo su propia experiencia “a hombros de gigantes”. El cambio que tanto anhelamos necesariamente paga el peaje de la reflexión y los codos, y aunque a veces pareciera que podemos estar segando en el océano, hemos de recordar que si no somos nosotros quienes nos entregamos a esta noble labor posiblemente no lo hará nadie más. El cambio es posible. Recuperar una escuela que pone en valor el conocimiento también. Ahora hay que contagiarlo, o, si se quiere, a manera de Unamuno, ahora hay que salir a agitar los espíritus.

Autor: Ricardo Reyes Soto

Profesor (heterodoxo) de religión. Graduado en Magisterio de E. Primaria (UAH).
Máster en América Latina y la Unión Europea: una cooperación estratégica (IELAT, UAH).
Doctorando en Teoría e Historia de la Educación (UAM) y asociado de OCRE.

 

Evaluar “competencias”. Carne para el matadero.

Una de las herramientas que el Nuevo Orden emplea para conseguir domar a los pueblos y convertirlos en masa dócil e impotente es la neutralización de la Educación. Que deje de existir la verdadera enseñanza y se sustituya por un simulacro.

En España, siguiendo directrices acaso muy similares a las de otros países del llamado “Occidente”, tal proceso de doma, castración y engaño de la masa, esto es, el proceso de reformas educativas vivido desde la llamada Ley “LOGSE” (1991) , fue siempre orientado en una misma dirección hasta hoy: consistió en eliminar la objetividad en el conocimiento.

En aquellos años ya se había extendido la estafa pedagogista. Esta estafa ideológica consistía en afirmar, contra toda evidencia, que la enseñanza “memorística” y excesivamente académica era mala, ineficaz y hasta reaccionaria. Fueron los años dorados de la Pedagogía. Un ejército de “científicos de la educación” que apenas había pisado otras aulas que las universitarias, y desconocían por completo los arcanos de las distintas especialidades académicas así como las peculiaridades de cada tramo de edad de los alumnos (en especial, los adolescentes), se lanzaron a romper con las tradiciones y supuestos malos hábitos de la enseñanza.

En la enseñanza franquista se transmitieron algunos malos hábitos que la propia sociedad, sin necesidad de pedagogo alguno, rechazó por obra la propia evolución de la misma, asumiendo valores más democráticos: se dejó atrás el castigo corporal, el elitismo económico, el favoritismo de las “buenas familias”. No obstante, con el rechazo del autoritarismo y la arbitrariedad de quien es más fuerte vino también un nefasto cuestionamiento de la autoridad, que aqueja gravemente a las aulas y a la juventud en su conjunto. Ni en la familia ni en las aulas hay autoridad en un gran porcentaje de casos en la España de hoy.

En todos estos cambios, los buenos y los malos, la contribución de los “científicos de la educación”, al menos en España, ha sido nula. No obstante, la omnipresencia de su jerga falsamente especializada, la compulsión a burocratizar y embrollar la labor de los maestros y profesores, etc. ha sido proverbial, con lo cual el balance que muchos docentes haríamos de la aportación de la Pedagogía a la mejora de la educación es más bien negativo. Comenzó siendo un adorno, ahora es claramente un estorbo y un elemento indispensable de nuestro naufragio como sociedad.

En el país, los primeros pedagogos que pudieron vivir de esa “ciencia de la educación”, se presentaron con un enfoque humanístico, personalista, o bien “constructivista”: las teorías de Piaget y la Escuela de Ginebra llegaron a ser palabra de Dios en el texto legal de la ley de educación que inició el desastre educativo español, la LOGSE, un desastre que tiene paralelos en todo Occidente. No obstante, la debacle incubada en los años 80 del siglo pasado por obra de los “científicos de la educación”, el catálogo de propuestas pedagógicas poseía la virtud de mostrar unas raíces antropológicas y metafísicas a las que remitirse cuando se trataba de discutir de dónde procedían tantos cambios. El personalismo neotomista, la teoría de los sistemas, el enfoque genético de Piaget… Todavía había una base filosófica y científica sobre la cual proponer reformas y debatir racionalmente. Aristóteles, Kant, Darwin… podían ayudarnos.

La pedagogía de hoy ya no es eso. Sus vocablos –extraños e inoperativos- no poseen base metafísica ni científica alguna.

La clave de que esto es así posee una rápida explicación: la pedagogía se ha convertido en una pseudociencia al servicio del Poder (si no lo fue desde el principio). Los grandes entramados institucionales del globalismo (UNESCO, OCDE, FMI, BM, UE…) poseen el poder suficiente para imponer su jerga, una jerga que no es mera hojarasca superestructural, sino que actúa como dispositivo de poder.

Estos entramados globalistas han decidido eliminar la objetividad de los conocimientos en el proceso educativo. Saben muy bien que un sistema de enseñanza basado en la objetividad de los conocimientos es más justo a nivel social, y es, potencialmente, un ascensor social. “El que sabe X, sabe X”, no hay vuelta de hoja. En un examen objetivo de conocimientos, el alumno puede demostrar que sabe mucho, poco o nada. Cualquier reclamación de notas por parte del estudiante o de su familia tendría fácil resolución: repitámosle el examen. Si a la segunda oportunidad la calificación es la misma o similar, se acaba el pleito.

En España, actualmente, con un sistema de evaluación “competencial”, proliferan las reclamaciones ante el embrollo legal en el que han enredado a los profesores. Todo el mundo estudiantil (y los miles de padres pícaros que hay en nuestro país, que no es el de Quijote sino el de Lazarillo) acaba aprobando y saliéndose con la suya, obteniendo títulos sabiendo nada, puesto que la ley consagra la subjetividad, y no el conocimiento objetivo

Evaluar conocimientos no es, ciertamente, evaluar la totalidad de dimensiones que toda persona va desarrollando a lo largo de su etapa de formación. Un chico que “sabe mucho” quizá no sea buen ciudadano, hijo ejemplar, demócrata a carta cabal, feminista convencido y consumidor responsable con escasa huella ecológica. Posiblemente no, pero por lo menos el sistema educativo puede en este caso evaluar objetivamente (léase justamente) si lo que persigue es evaluar conocimientos.

Evaluar “competencias” es evaluar nada. Se trata de una metáfora tan inaprensible como todas las que rellenan los libros de pedagogía. Dice el diccionario de la RAE: “competencia [acepción nº 2]: “Pericia, aptitud o idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado.”  Esto estaría bien si habláramos de arreglar una cañería o conseguir que el motor de un coche arranque. Esto mismo es absurdo si hablamos de aprender matemáticas, historia o filosofía. La solución de los pedagogos y de sus amos del “globalismo educativo” consiste en desmenuzar una competencia en no sé cuántos criterios, cada cual más abstracto. Aquí se ve muy bien la deriva de Occidente: a fuer de querer ser muy práctico (tienes X pericia o no la tienes), el sistema educativo acaba siendo el más abstracto, pues lo práctico se evalúa hoy –en la actual ley Celaá- con criterios abstrusos e ininteligibles, numerosos y vaporosos.

El camino hacia la reconquista de la Educación objetiva solo puede ser el inverso. Hay que poseer conocimiento serio, objetivo y riguroso, y entonces, sólo entonces, puede (puede en el sentido de posibilidad no siempre cumplida) uno acabar siendo competente.

Tanta necedad conceptual queda consagrada con la necedad sumisa de miles de docentes, inspectores, orientadores y demás colectivos que acatan y aceptan esta farsa. Todos cierran los ojos: Occidente se está descualificando masiva y aceleradamente. Avanza rápido hacia una sociedad muy desigual, en la que unos pocos “conocen” y una masa de pobres e ignorantes presumen de ser “competentes” porque lo dice un título inflacionario, con escudo oficial estampado y firma de SM el Rey. Y también porque –previamente- estúpidos chismes, como los “cuadernos digitales de evaluación”, calculan que cien criterios, a cual más abstruso y arbitrario, y certifican que tal joven es… competente. Estamos mandando carne para el matadero.

 

Sobre el autor:

 

¡PARTICIPA EN VIVO! «La educación Primaria desde los ojos de un director»

Seguimos con el siguiente ¡PARTICIPA EN VIVO! de junio que organizamos desde OCRE, que recordad tiene la peculiaridad de ser totalmente interactivo entre todas las personas que se inscriban, porque estarán en abierto de sonido y cámara, participando directamente con el ponente. Recordad que lo grabaremos para poder hacer la difusión posterior, pero para que pueda haber un poco de control entre los participantes, sólo enviaremos el enlace de acceso a las 30 primeras personas que se inscriban; así que, si os interesa el tema, no os lo penséis mucho. Y si por algún motivo no pudierais asistir os rogamos que nos enviéis un correo (associacio.ocre@gmail.com) para que podamos avisar a la siguiente persona inscrita.

Bien, pues os informamos ya del quinto ¡PARTICIPA EN VIVO!, organizado por OCRE (Observatori Crític de la Realitat Educativa, Asociación OCRE):

Título:

«La educación Primaria desde los ojos de un director»

¿Qué complicaciones plantea desarrollar las disposiciones de la actual normativa? ¿Cuál es el sentido de esta nueva burocracia escolar? ¿Requisitos para una convivencia productiva en el aula? ¿Qué reformarías de la escuela de hoy? ¿Qué papel corresponde a las familias en Primaria?

(para familias y docentes de cualquier etapa educativa y cualquier comunidad/ciudad autónoma)

Fecha y ponente:

26 de junio de 2025, entre las 18:30 y 20 horas, celebraremos una ponencia interactiva, con Toni García Arias, maestro y director del Colegio Joaquín Carrión de Murcia, con más de treinta años de experiencia y profesor del Máster de Psicopedagogía y del Máster de Dirección, Liderazgo y Gestión de centros educativos en la Universidad Internacional de Valencia.

Asimismo, es miembro del Consejo Asesor Iberoamericano de la Fundación Iberoamericana de Educación. Ha escrito diversos libros y artículos de educación, participa en programas de radio y televisión de manera habitual y da conferencias y charlas tanto en España como a nivel internacional.
Gracias a sus proyectos y a su trayectoria, ha sido galardonado, entre otros, con el Premio al Mejor docente de Primaria Educa Abanca 2018, el Global Teacher Award 2021 y finalista de los Global Teacher Prize 2023.

Nuestro compañero Andrés Rivera, hará de presentador, moderador y os compartirá en el chat información relevante sobre Toni García; así que, mantenerlo abierto.

En el siguiente enlace tenéis el formulario para enviar vuestras preguntas y/o inscribiros para participar en directo en la sesión:

¡Participa en vivo! La educación Primaria desde los ojos de un director

(puedes enviarnos cualquier pregunta sin necesidad de inscribirte o participar en vivo, que se intentarán contestar en directo; y si no diera tiempo, subiremos a nuestra web un post con todas las respuestas a las mismas por parte de Toni, que nos hará llegar por correo).

Sería muy recomendable, dado que solo daremos paso a 30 personas en directo, que os inscribáis aquellas personas que verdaderamente queráis interactuar con ellos.

Esperamos que sea de vuestro interés este nuevo ¡PARTICIPA EN VIVO! y os iremos informando de los siguientes, que seguiremos mejorando según las cuestiones que van surgiendo y con vuestra colaboración nos vais sugiriendo.

Saludos desde la Junta directiva de OCRE.

La Universidad de València permite matricularse a las PAU, en primera convocatoria, a alumnos sin el título de Bachiller y pendientes de que se resuelva su reclamación en Inspección

OCRE (Observatorio Crítico de la Realidad Educativa) expresa su perplejidad ante la medida que no encuentra respaldo explícito en ninguna resolución legal. Pues, tanto el BOE como la normativa de la Generalitat Valenciana exigen que el alumnado tenga el título de Bachiller para presentarse a las PAU. Permitir una matrícula a las pruebas mediando una reclamación supone una incitación a reclamar que menoscaba el trabajo de profesores y fomenta una cultura de la reclamación injusta para todos. Además, una reclamación de un/a alumno/a debe seguir el procedimiento dictado en la orden 32/2011 del 20 de diciembre, cuyo artículo 5 1 establece el procedimiento para reclamar, que tiene un recorrido dentro del centro educativo, hasta llegar a “recurso de alzada” que es lo que dirime Inspección.

Una lectura simplista del tema puede deducir que este procedimiento de matriculación beneficia al alumno. Pero hay que analizar la situación con rigurosidad. La normativa vigente para la evaluación de 2º de Bachillerato indica que, un/a alumno/a con una asignatura suspendida en junio (es decir, pasadas las pruebas de recuperación) puede obtener el título si cumple estos condicionantes: si no ha abandonado la materia voluntariamente, si la junta de evaluación creo oportuno que obtenga el título y, si la media de todo el bachillerato (incluida la nota de la materia suspendida) es 5. Con esta normativa, es extraordinariamente difícil que un alumno quede sin titular por una materia y, por tanto, todos los/las alumnos/as que han suspendido una materia en mayo, y que desean hacer las PAU, van a la prueba de selectividad en julio, en la segunda convocatoria.

La nueva forma de matriculación supone la novedad de que alumnos con una materia suspendida pudieran ir en primera convocatoria de PAU, sin que el alumno haya hecho todavía el examen de recuperación en su centro; es decir, sin haber acabado el curso lectivo. Se supone que esto beneficia al alumno.

Beneficiar al alumno es (a juicio de los integrantes de OCRE): darle la oportunidad de acabar el curso, recuperar la materia que le queda pendiente, y prepararse bien para el selectivo. El/la alumno/a debe tomar conciencia de que no se presenta a la primera convocatoria de PAU porque ha fallado en algo, pero que puede enmendar su error y mejorar nota. Tanto si mejora la nota como si no, obtendrá el título por aplicación de la normativa e irá a selectividad, si lo desea, en julio.

La nueva fórmula de matriculación no beneficia al alumnado.

Perjudica:

  1. A todos aquellos/as alumnos/as que sacan el curso bien, sin recurrir a reclamación, y que tenían la “ventaja” de acudir en primera convocatoria, pues, con esta norma, se vulnera su derecho a la equidad.
  2. A las familias cuyo hijo reclama, a las que se somete a un lío monumental para saber si su hijo pasa de curso o no; si puede o no ir al examen de PAU; si hará ese examen en la misma clase del grupo u otra; si valdrá esa nota; si llegará a hacer el examen…
  3. Al profesorado, que ve cuestionada su nota y tiene la espada de Damocles de unas reclamaciones que, además, o se saltan el protocolo legalmente establecido, o se harán demasiado rápido para ser justas.
  4. A la Inspección, que puede tener avalancha de recursos de alzada cuya resolución (si es acorde a la legalidad) lleva tiempo y carga de trabajo burocrático. Además de requerir de profesionales de las especialidades.
  5. A la Conselleria d’Educació, que da indicaciones a los centros sobre procesos que no cuentan con aval legal publicado en diario oficial alguno.
  6. A la Universidad, que está diciendo a los centros que matriculen a sus pruebas a alumnado que NO tiene el título de bachiller, aceptando así su progresiva degradación.
  7. Al Ministerio de Educación, que va a tener difícil explicar que algunas comunidades permitan esto y otras no. Y, cuidado, esto no tiene que ver con la DANA, que ha supuesto otras medidas para el selectivo.
  8. Al sistema educativo, que está degradándose a marchas forzadas y que, por no tener, no tiene ni profesionales de relevo.
  9. A la sociedad que, con la falacia de ejercer la protección del joven, vulnera el mayor de sus derechos: recibir una educación honesta, digna y cargada de verdadera formación.

 

OCRE solicita la retirada de esta parte de las instrucciones de matriculación e invita a la Universidad de València y a la Conselleria d’Educació a reflexionar y dialogar (seriamente) y -si no es mucho pedir- teniendo en cuenta al profesorado. OCRE apela al sentido común de las familias para que apoyen a nuestros estudiantes y les den la oportunidad de acabar un curso con tranquilidad, asumiendo con honestidad sus logros y sus errores.

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Anexo 1 (pág. 19 del documento enviado a los centros de secundaria objeto de la polémica)

Procedimiento de matrícula de la PAU para el estudiantado que esté pendiente de resolución de reclamaciones de su calificación de Bachillerato.

En el caso de que un estudiante haya pedido reclamación sobre sus calificaciones de bachillerato y no pueda matricularse en la PAU hasta que se le considere aprobado el Bachillerato, el procedimiento a seguir será:

a) El centro educativo matriculará al estudiante en la PAU con una nota provisional de bachillerato de 4,99.

b) La Inspección Educativa o la Dirección Territorial correspondiente informará de los casos que haya pendientes de resolución a la Comisión Gestora de los Procesos de Acceso y Preinscripción (vía el Coordinador General de la PAU). También el centro educativo de cada estudiante/a lo comunicará a su universidad para que ésta gestione la posible ubicación en aulas del tribunal de las PAU del estudiantado

c) La Inspección Educativa estudiará y resolverá las reclamaciones lo antes posible, preferiblemente a más tardar el día anterior al del comienzo de las PAU. Aunque no esté formalizada la resolución definitiva, podrá comunicar del resultado de la resolución lo más pronto posible para poder informar al estudiante antes del comienzo de la PAU.

d) En caso de que el estudiante aprobara el bachillerato con anterioridad al primer día de la PAU, la Inspección Educativa lo comunicará a su centro educativo y también a la Comisión Gestora de los Procesos de Acceso y Preinscripción (vía el Coordinador General de las PAU). También se le comunicará al estudiante/a que puede presentarse a las PAU, en la correspondiente convocatoria.

e) Caso de que el estudiante no tenga la resolución de la reclamación con anterioridad al primer día de la PAU, el centro educativo se pondrá en contacto con su universidad y le comunicará la información de la matrícula en la PAU. El centro educativo matriculará al estudiante como uno más.

f) Al estudiantado que esté en esta situación, se le permitirá presentarse a la correspondiente convocatoria de la PAU, haciéndole saber que el resultado de la PAU será provisional y estará condicionado por el aprobado o no del bachillerato en la correspondiente convocatoria. No se le comunicarán las calificaciones de la PAU si no aprobara el bachillerato y también se le anularía la matrícula en la PAU.

g) En el caso de aprobar el bachillerato, mediante la resolución definitiva se modificarán las notas del expediente de bachillerato, cambiando la nota provisional de 4,99 por la definitiva. En el caso de no aprobar el bachillerato se procederá a borrar toda la matrícula en la PAU del estudiante.

Importantísimo: El centro tendrá que matricular a este estudiantado para las PAU pero en la nota de bachillerato hará constar un 4.99. La aplicación ITACA permite matricular así.

Este procedimiento solo se hará para estudiantado que no haya aprobado ya el bachillerato. No se matriculará de esta forma a estudiantado pendiente de reclamaciones de notas de bachillerato que sí que haya aprobado ya el bachillerato.

 

Anexo 2 (parte de la legislación vigente)

COMISIÓN GESTORA DE LOS PROCESOS DE ACCESO Y PREINSCRIPCIÓN UNIVERSITARIA

TERCERO. Participación en la PAU. 1. Podrán presentarse a la PAU quienes hayan obtenido el título de Bachiller en los Centros educativos de la Comunitat Valenciana, con independencia de la modalidad y, en su caso, las vías cursadas.

Núm. 10074 / 26.03.2025 1 / 10 III. ACTOS ADMINISTRATIVOS C) OTROS ASUNTOS Conselleria de Educación, Cultura, Universidades y Empleo.

 

Anexo 3 (DOGV sobre reclamaciones)

https://dogv.gva.es/datos/2011/12/28/pdf/2011_13033.pdf

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1 DOGV Nº6680 28.12.2011

IV Congreso de Expertos Docentes para un Análisis Crítico de la Educación: ¿Cuáles son los retos de la escuela del siglo XXI? La recuperación de la educación como ascensor social.

El Observatorio Crítico de la Realidad Educativa (OCRE) y la Asociación de Profesores de Instituto de Andalucía (APIA) organizan el IV Congreso de Expertos Docentes para un Análisis Crítico de la Educación, edición que se celebrará en la IES Martínez Montañés en el barrio de Nervión en Sevilla el viernes, 24 y sábado, 25 de octubre.

Este encuentro, de alcance nacional, servirá para analizar la situación de la enseñanza en nuestro país y las posiciones que diversos académicos y docentes sostienen para mejorar la actual crisis educativa.

Las dos ponencias centrales, y por este orden, correrán a cargo de Inger Enkvist, catedrática de filología española en la Universidad de Lund (Suecia) y autora de varios libros sobre educación como La buena y la mala educación. Ejemplos internacionales y Carlos Javier González Serrano, profesor de Filosofía y Psicología y orientador de Bachillerato, y director científico del Café del Observatorio Social de la Fundación «la Caixa».

Durante las dos jornadas tendrán lugar también tres comunicaciones breves y tres mesas redondas en formato tertulia, con la participación de cuatro expertos docentes en cada una de ellas, para abordar problemáticas de plena actualidad: prioridades en los primeros años de escolarización en infantil y primaria, el objetivo y papel que debe jugar la escuela en las sociedades actuales, así como el importante proceso de evaluación. Contarán con la participación de profesores y escritores como Olga GarcíaAndrés RiveraBianca ThoilliezAntonio Iván RodríguezElena GonzálezRamón Rodríguez GalánBelinda HaroDavid CerdáEmilio CanalesJavier Mestre y Silvia Toscano Rodríguez bajo moderación de Andrés RiveraMiguel Ángel Tirado y Paco Benítez.

Este IV Congreso se organiza con el objetivo de que la participación tenga un carácter plural con diversas y distintas miradas sobre aspectos clave del sistema educativo, y teniendo en cuenta que los datos emanados de los resultados de las pruebas evaluativas internacionales (PIRLS, TIMSS y PISA) no dejan de describir una situación de crisis profunda en nuestro sector. El objetivo último del congreso es extraer medidas y posibles soluciones para sanar todos los males del sistema educativo actual: falta de aprendizajes básicos y decisivos en primaria que repercuten en la formación posterior, altos índices de malestar socioemocional de nuestro alumnado, falta de correspondencia entre índices de promoción y titulación y aprendizaje y competencia real del alumnado, la introducción acrítica de la tecnología en las aulas sin analizar si su impacto es positivo, la excesiva burocracia, la ola cada vez más grande de docentes con malestar mental que lleva a muchos a abandonar la profesión, los altos grados de conflictividad entre alumnos y a profesores, el empobrecimiento de los currículos, o una evaluación incomprensible y subjetiva.

Escuchando a expertos, académicos y especialmente a docentes como legítimos conocedores de la realidad diaria en las aulas de primaria y secundaria, esperamos aportar un poco de luz para revertir la actual situación y encaminarnos hacia un sistema que ponga en valor el conocimiento y no baje los estándares académicos y de comportamiento con la introducción de ideas y/o metodologías no avaladas ni por la evidencia empírica ni por la investigación científica, y que proporcione una formación de calidad que permita el progreso de todo tipo de alumnado, en especial el de entornos socioeconómicos humildes. Nuestro deseo es que mediante este congreso se genere un debate profundo que informe, reflexione, analice, debata, contraste e implique al conjunto de la ciudadanía para fortalecer la educación en nuestro país, uno de los pilares para la calidad democrática y la mejora del tejido social y laboral, así como de desarrollo personal, de los ciudadanos.

 

Más información y contactos:

Web del IV Congreso: Congreso Ocre (https://ivcongreso.asociacionocre.org), donde podéis ver nuestro vídeo promocional, consultar la programación completa y descargarla, información de todos los participantes, el lugar y ubicación del IES Martínez Montañés donde se realizará, visualizar todos los vídeos de los tres congresos anteriores, un espacio para la prensa donde aparecerán los artículos de los medios que nos publiquen y, por supuesto, el acceso para que os inscribáis. Todo ello para que lo compartáis, por favor, por tierra, mar y aire.

Asociación OCRE, Observatorio Crítico de la Realidad Educativa

associacio.ocre@gmail.com

APIA, Asociación de Profesorado de Instituto de Andalucía

info@aso-apia.org

Enlaces de los tres congresos anteriores:

I Congreso de Expertos Docentes (Valencia)

II Congreso de Expertos Docentes (Barcelona)

III Congreso de Expertos Docentes (Madrid)

Etiquetas: Inger Enkvist, IV Congreso de Expertos Docentes en Sevilla, Retos de la escuela del siglo XXI, La educación como ascensor social, Carlos Javier González Serrano, Importancia de los primeros años de escolarización, La función de la escuela desde la Filosofía y la Cultura Clásica y La evaluación a debate.

¡PARTICIPA EN VIVO! «Retos y paradojas de la enseñanza del francés en España: ¿Cómo promover el plurilingüismo en un sistema educativo de espaldas a Europa?»

Seguimos con nuestra nueva actividad y toca el ¡PARTICIPA EN VIVO! de abril-mayo que organizamos desde OCRE, con la peculiaridad de ser totalmente interactivo entre todas las personas que se inscriban, porque estarán en abierto de sonido y cámara, participando directamente con los ponentes. Recordad que lo grabaremos para poder hacer la difusión posterior, pero para que pueda haber un poco de control entre los participantes, sólo enviaremos el enlace de acceso a las 30 primeras personas que se inscriban; así que, si os interesa el tema, no os lo penséis mucho. Y si por algún motivo no pudierais asistir os rogamos que nos enviéis un correo (associacio.ocre@gmail.com) para que podamos avisar a la siguiente persona inscrita.

Bien, pues os informamos ya del cuarto ¡PARTICIPA EN VIVO!, organizado por OCRE (Observatori Crític de la Realitat Educativa, Asociación OCRE):

Título:

«Retos y paradojas de la enseñanza del francés en España: ¿Cómo promover el plurilingüismo en un sistema educativo de espaldas a Europa?»

Reflexiones sobre la enseñanza del francés, en un momento en el que las políticas educativas están provocando una pérdida del alumnado de Segunda Lengua Extranjera.

¿A qué retos se enfrentan los docentes de esta especialidad? ¿En qué situación quedan los estudiantes? ¿Por qué no se siguen las recomendaciones europeas?

(para cualquier etapa educativa y cualquier comunidad/ciudad autónoma)

Fecha y ponentes:

8 de mayo de 2025, entre las 18:30 y 20 horas, celebraremos una cuádruple ponencia interactiva, con Antonio Gallego, presidente de la FEAPF, Anne Le Poupon, presidenta de FLECOVAL, Teresa Menadas, Catedrática de Francés y Marisol Hoyos, también Catedrática de Francés, miembro de OCRE y profesora de secundaria en Valencia.

Nuestra propia compañera Marisol Hoyos, además de ponente, también hará de moderadora, presentando un breve resumen de la biografía de todos los participantes y os compartirá en el chat información relevante sobre ellos y las asociaciones FEAPF, Federación Española de Asociaciones de Profesorado de Francés, y FLECOVAL, de Profesorado de Lengua Extranjera de Francés en la Comunidad Valenciana.

En el siguiente enlace tenéis el formulario para enviar vuestras preguntas y/o inscribiros para participar en directo en la sesión:  ¡Participa en vivo! Retos y paradojas de la enseñanza del francés en España

(puedes enviarnos cualquier pregunta sin necesidad de inscribirte o participar en vivo, que se intentarán contestar en directo; y si no diera tiempo, subiremos a nuestra web un post con todas las respuestas a las mismas por parte de Antonio, Anne, Teresa y Marisol, que nos harán llegar por correo).

Sería muy recomendable, dado que solo daremos paso a 30 personas en directo, que os inscribáis aquellas personas que verdaderamente queráis interactuar con ellos.

Esperamos que sea de vuestro interés este nuevo ¡PARTICIPA EN VIVO! y os iremos informando de los siguientes, que iremos mejorando según las cuestiones que van surgiendo y con vuestra colaboración nos vais sugiriendo.

Saludos desde la Junta directiva de OCRE.

¡PARTICIPA EN VIVO! ¿Incompetencias básicas? Conversamos con Damià Bardera

Seguimos con nuestra nueva actividad y toca el ¡PARTICIPA EN VIVO! de marzo que organizamos desde OCRE, con la peculiaridad de ser totalmente interactivo entre todas las personas que se inscriban, porque estarán en abierto de sonido y cámara, participando directamente con el ponente. Recordad que lo grabaremos para poder hacer la difusión posterior, pero para que pueda haber un poco de control entre los participantes, sólo enviaremos el enlace de acceso a las 30 primeras personas que se inscriban; así que, si os interesa, no os lo penséis mucho. Y si por algún motivo no pudierais asistir os rogamos que nos enviéis un correo (associacio.ocre@gmail.com) para que podamos avisar a la siguiente persona inscrita.

Bien, pues os informamos ya del tercer ¡PARTICIPA EN VIVO!, organizado por OCRE (Observatori Crític de la Realitat Educativa, Asociación OCRE):

Título:

«¿Incompetencias básicas? Conversamos con Damià Bardera»

¿Ha bajado en los últimos años el nivel académico del alumnado? ¿Existe incompetencia entre parte del profesorado? ¿En qué estado se encuentra la motivación y la salud mental del profesorado? ¿Cómo se lleva a cabo la inclusión en la práctica diaria del aula? ¿Es el actual sistema educativo una estafa?

(para docentes de cualquier etapa educativa o familias interesadas de cualquier comunidad/ciudad autónoma)

Fecha y ponentes:

27 de marzo de 2025, entre las 18:30 y 20 horas, celebraremos una ponencia interactiva, con Damià Bardera, escritor y profesor de filosofía de secundaria.

Nuestro compañero y secretario Paco Benítez hará un breve resumen de su biografía, moderará la sesión y os compartirá en el chat información y enlaces sobre algunos de sus artículos, entrevistas y bibliografía.

 

En el siguiente enlace tenéis el formulario para enviar vuestras preguntas y/o inscribiros para participar en directo en la sesión: ¡Participa en vivo! ¿Incompetencias básicas? Conversamos con Damià Bardera

(también puedes enviarnos cualquier pregunta sin necesidad de inscribirte o participar en vivo, que se intentarán contestar en directo; y si no diera tiempo, subiremos a nuestra web un post con todas las respuestas a las mismas por parte de Damià Bardera).

Sería muy recomendable, dado que solo daremos paso a 30 personas en directo, que os inscribáis aquellas personas que verdaderamente queráis interactuar con Damià.

 

Esperamos que sea de vuestro interés este nuevo ¡PARTICIPA EN VIVO! y os iremos informando de los siguientes, puesto que ya tenemos organizado cuarto, para principios de mayo; e iremos mejorando las cuestiones que van surgiendo con vuestra colaboración.

Saludos desde la Junta directiva de OCRE.

La evaluación prodigiosa: Una distopía sobre cómo se gestó la evaluación en la LOMLOE

 

La evaluación prodigiosa

Una distopía sobre cómo se gestó la evaluación en la LOMLOE

Miguel Ángel Tirado Ramos

Érase una vez unos gobernantes empeñados en moldear un determinado perfil de ciudadano a través de la educación, convencidos de la superioridad de unos métodos pedagógicos que consideraban innovadores. Para ello, aprobaron una nueva ley educativa, la LOMLOE (2020), que derogaba la anterior (LOMCE, 2013) y, a su vez, modificaba la LOE (2006), en una rocambolesca carambola normativa digna de un prestidigitador legislativo. Con esta nueva ley, aspiraban a instaurar un auténtico cambio de paradigma educativo.

Una escuela verdaderamente moderna debía dejar atrás la transmisión de conocimientos que la había definido durante siglos —¿¡Qué sentido tenía proporcionar información que se podía encontrar en internet o preguntándole a ChatGPT!?—. En su lugar, los alumnos debían convertirse en constructores activos de su propio aprendizaje, guiados por sus intereses y acompañados por el maestro en el desarrollo de habilidades emocionales, interpersonales y comunicativas. Además, estas competencias, junto con el liderazgo y la capacidad de trabajo en equipo, eran el verdadero tesoro que el mundo empresarial anhelaba, pues prometían mayor productividad, un ambiente laboral armonioso y una adaptación fluida a entornos cambiantes y colaborativos.

Una vez aprobada, reunieron a un grupo de expertos para elaborar los decretos que establecerían las enseñanzas mínimas, los cuales serían de obligado cumplimiento para que las comunidades autónomas desarrollaran sus currículos escolares.

Todos reunidos en una gran sala iniciaron el trabajo. Pero bastó una primera lectura de la ley para que saltaran todas las alarmas. Enseguida se percataron de que el currículo seguía organizado por áreas en Primaria y por materias en Secundaria, en lugar de estructurarse por competencias, como promovía la OCDE. ¿Cómo era posible que las Matemáticas continuaran separadas de las Ciencias o la Tecnología? ¿Cómo podían concebirse las Ciencias Sociales como un área independiente de la Lengua y Literatura o de la Música? ¿Por qué la Educación Plástica, Visual y Audiovisual seguía siendo una materia aislada si debía abordarse de manera transversal? Nada cuadraba.

Además, ¡se habían olvidado de definir las competencias que los alumnos debían adquirir durante la escolarización obligatoria! Una omisión sorprendente, tratándose precisamente de la ley que debía consagrar el aprendizaje competencial.

En lugar de definir las competencias que los alumnos debían desarrollar al finalizar la educación básica, habían incluido objetivos de fin de etapa. Se trataba de un error descomunal: los objetivos expresaban capacidades, no competencias. Así, por ejemplo, la ley establecía como objetivos de la ESO que los estudiantes debían ser capaces de «comprender y expresar con corrección, oralmente y por escrito (…) textos y mensajes complejos»; «desarrollar y consolidar hábitos de disciplina, estudio y trabajo (…)»; o incluso «conocer, valorar y respetar los aspectos básicos de la cultura»(1).

—Pero si los objetivos en forma de capacidades que se han establecido en la LOE-LOMLOE no responden a los retos del siglo XXI y no están expresados en forma de competencias, ¿cómo lo arreglamos ahora? ¿Cómo introducimos las competencias? —se preguntaron, desesperados, los encargados de redactar los reales decretos de enseñanzas mínimas.

Fue entonces cuando decidieron inventar un nuevo concepto: el «Perfil de salida»(2), que, aunque no figuraba en la ley, sonaba muy bien. Fue así como diseñaron el modelo de ciudadano del siglo XXI. A través de detallados descriptores operativos, identificaron las competencias clave y los aspectos de la personalidad, el pensamiento y la conducta que los docentes debían moldear a lo largo de los diez años de escolarización obligatoria.

No importaba que la ley orgánica no mencionara el Perfil de salida ni los descriptores operativos; esta hábil maniobra legislativa, con la que pretendían solventar el imprevisto legal, respondía a un bien moral superior. ¿Quién podría oponerse a que los adolescentes salieran de la ESO con competencias para «regular y expresar sus emociones, fortaleciendo el optimismo, la resiliencia, la autoeficacia y la búsqueda de propósito y motivación hacia el aprendizaje, para gestionar los retos y cambios y armonizarlos con sus propios objetivos»(3)?

Pero entonces, alguien advirtió:

—No basta con definir un Perfil de salida. Si los profesores siguen enseñando lo que saben, ¿de qué sirve? Es esencial descompartimentar las asignaturas y lograr que los docentes dejen atrás el modelo tradicional. No creo que limitarse a agrupar las materias en ámbitos(4), como propone la ley, sea suficiente. Si realmente queremos afrontar los retos de un futuro incierto, debemos forzar un cambio metodológico profundo. Los docentes no deben ser meros transmisores de contenido, sino guías que acompañen a los estudiantes en un proceso de construcción del conocimiento, basado en proyectos globalizados, cooperativos, auténticos, que se centren en sus intereses y que sean significativos y cercanos a la vida real. Solo así alcanzaremos los objetivos 2030 para un desarrollo sostenible.

—¡Tengo la solución! —exclamó uno de los ingenieros de la nueva estructura curricular—. Crearemos un concepto pedagógico nuevo: ¡las situaciones de aprendizaje! De esta forma, los docentes utilizarán el aprendizaje basado en proyectos, en problemas o en retos casi sin darse cuenta. Y, además, los alumnos estarán motivados y aprenderán de forma natural y a su ritmo.

—¡Qué gran idea! ¡Situaciones de aprendizaje! Pero los maestros anclados en el pasado y un mínimo conocimiento de sintaxis podrían confundirse y pensar que cualquier situación en la que el alumno aprenda es una situación de aprendizaje. No cambiaremos su forma de enseñar de este modo. ¿Y si las definimos como «situaciones y actividades que implican el despliegue, por parte del alumnado, de actuaciones asociadas a competencias clave y competencias específicas y que contribuyen a la adquisición y desarrollo de las mismas»(5)? —reflexionó uno de los presentes.

—No estoy segura de que logremos mucho definiendo una situación como una situación, ¿no os parece? Así no conseguiremos el ansiado cambio metodológico ni el enfoque competencial que buscamos —se escuchó desde el fondo de la sala—. Seamos claros: ¿cómo logramos que los docentes abandonen la enseñanza basada en contenidos y dediquen sus esfuerzos a diseñar proyectos globalizados en forma de situaciones de aprendizaje?

—¡Ya lo tengo! —exclamó otro—. En un artículo de los reales decretos diremos que las situaciones de aprendizaje deben ser planificadas por los equipos docentes (6); así desestructuraremos las materias. Y, además, en el anexo III detallaremos que las situaciones de aprendizaje son proyectos colaborativos, aunque utilicemos eufemismos para decirlo sin decirlo (7).

En ese momento, alguien advirtió:

—La idea es buena, pero… si establecemos las situaciones de aprendizaje como método de enseñanza en los reales decretos y estos son de obligado cumplimiento, ¿no estaremos vulnerando la autonomía pedagógica que la propia ley otorga a los centros en su artículo 120? ¿No estaríamos interfiriendo en la función docente que el artículo 91 otorga al profesorado y en el derecho fundamental a la libertad de cátedra?

—Tienes razón —admitió el gran ideólogo al mando del grupo de expertos—. Lo resolveremos con un truco normativo. Para que nadie se percate de que el anexo III, donde describiremos las situaciones de aprendizaje, no es obligatorio, dejaremos constancia en la disposición final primera de que dicho anexo no tiene carácter básico y, por tanto, es orientativo (8). ¿Acaso alguien advertirá que las situaciones de aprendizaje, entendidas como proyectos, no forman parte de la normativa básica estando en un real decreto de enseñanzas mínimas? La mayoría de las CCAA adoptará nuestra concepción de las situaciones de aprendizaje, no os quepa duda.

Los redactores de los reales decretos ya habían resuelto el despiste de no determinar las competencias en la ley inventando el Perfil de salida. Además, con un malabarismo normativo, se habían inmiscuido en la metodología, de tal forma que las CCAA que lo desearan podían imponer el aprendizaje basado en proyectos disfrazado de situaciones de aprendizaje en todas las áreas y etapas, aunque no estuvieran obligadas.

No obstante quedaba un fleco importante por resolver. Si realmente querían que la enseñanza fuera competencial, los contenidos debían desaparecer de la mente de los docentes. Sin embargo, surgía un obstáculo: ¡la propia ley incorporaba los contenidos como parte del currículo! Así, en la LOE-LOMLOE, el currículo se definía como el «conjunto de objetivos, competencias, contenidos, métodos pedagógicos y criterios de evaluación (…)» (9).

Entonces, alguien que había leído la reveladora obra 1984 de George Orwell y conocía el poder del lenguaje para modificar el pensamiento propuso crear un nuevo concepto: los «saberes básicos». Y, para no contradecir la ley, lo definieron como: «Conocimientos, destrezas y actitudes que constituyen los contenidos propios de un área o ámbito y cuyo aprendizaje es necesario para la adquisición de las competencias específicas»(10).

—A partir de ahora, nadie hablará de contenidos nunca más, pensaron.

De un plumazo y con un magistral acto de ilusionismo, habían conseguido borrar la palabra contenidos, culpable de la memorización enciclopédica a la que la escuela tradicional sometía a los niños.

Todo transcurría con aparente armonía hasta que, en un momento de alivio por las decisiones tomadas, una colaboradora se atrevió a preguntar:

—¿Tenemos evidencias empíricas sólidas que respalden de manera clara el enfoque metodológico que hemos decidido imponer?

De pronto, el silencio se apoderó tenebrosamente de la sala, corriéndose a continuación un tupido velo.

Con el Perfil de salida establecido, el cambio metodológico asegurado y los contenidos disfrazados de saberes básicos, solo faltaba definir la evaluación. No era una tarea sencilla. En una ley donde los docentes evalúan por materias, ¿cómo se sabe en qué grado ha alcanzado cada alumno las competencias clave del Perfil de salida?

Las mentes pedagógicas más brillantes comenzaron a idear lo que sería reconocido como la gran obra de la ingeniería evaluadora de la LOMLOE. Así crearon una superestructura en la que las ocho competencias clave del Perfil de salida se convirtieron en el objetivo final del aprendizaje. Su grado de desarrollo se valoraba a través de los 34 descriptores operativos que dependían de ellas.

Para vincular las materias con dichos descriptores, introdujeron un nuevo concepto: las «competencias específicas», de las que empezaron a colgar «criterios de evaluación» que debían servir a los docentes para valorar si los alumnos estaban en el camino adecuado para convertirse en ciudadanos del siglo XXI.

Pero, claro, cuando los redactores de cada materia se pusieron manos a la obra, empezaron a surgir muchas dudas…

Uno de los encargados de redactar los criterios de ciencias alzó la mano y preguntó:

—¿Cómo elaboramos los criterios de evaluación? ¿Tomamos como referencia los de los reales decretos de enseñanzas mínimas anteriores? Es que muchos criterios de evaluación son bastante claros y pueden ser una magnífica orientación para el profesorado. Por ejemplo, aquí tengo este, escogido al azar del currículo de 1991. Vale que es muy antiguo, pero creo que puede ser útil. Dice que los alumnos de ESO deben ser capaces de «Explicar los procesos fundamentales que ocurren en los alimentos desde su ingestión hasta su llegada y aprovechamiento en las células y justificar, a partir de ellos, unos hábitos alimentarios y de higiene saludables, independientes de prácticas consumistas inadecuadas»(11).

El redactor hizo una pausa, miró a su alrededor y continuó con entusiasmo:

—Además, es supercompetencial, ya que los profesores de biología y geología evaluarán si los estudiantes conocen de manera general las funciones de cada uno de los aparatos (digestivo, respiratorio, circulatorio y excretor) y la relación existente entre ellos. Incluso aborda, este criterio, las razones por las cuales conviene adoptar hábitos alimentarios y de higiene individual y colectiva para disfrutar de un estado saludable y prevenir alteraciones y enfermedades.

Se inclinó ligeramente sobre la mesa y añadió, con gesto pensativo:

—Aunque, ahora que lo leo bien… es cierto que pide que los alumnos expliquen y justifiquen cosas que deben enseñarse, y eso choca con nuestro planteamiento metodológico.

Miró al resto del equipo con expresión preocupada, como quien acaba de descubrir una trampa invisible en un contrato.

—¡Qué difícil es esto! —exclamó, pasándose la mano por el pelo—. ¿¡Cómo enseñar sin enseñar!?
Se hizo un silencio en la sala. Algunos carraspearon, otros bajaron la vista, evitando el contacto visual. Hasta que, finalmente, el jefe del proyecto, con la paciencia de un visionario que guía a sus discípulos, se levantó, entrelazó las manos y, con voz solemne, proclamó:

—Veo que no lo habéis entendido.

La tensión se hizo palpable.

—Los criterios de evaluación —continuó con tono didáctico— deben estar redactados de tal forma que su formulación no insinúe los saberes básicos que deben enseñarse. Deben ser lo suficientemente abstractos para que un mismo criterio de evaluación pueda desplegar saberes básicos muy diversos.

Se detuvo un instante para asegurarse de que su mensaje calaba. Luego, con una sonrisa tranquilizadora, prosiguió:

—Recordad que lo que pretendemos es que los docentes se centren en desarrollar competencias y no en transmitir conocimientos.

Algunos asintieron con admiración. Otros tomaron notas frenéticamente, como si estuvieran en presencia de un líder revolucionario.

—Por ejemplo —continuó el gran ideólogo, con la seguridad de quien desvela un truco magistral—, en vez de ese criterio que mencionabas sobre los procesos implicados en la alimentación, es mejor que el criterio de evaluación diga: «Proponer y adoptar hábitos saludables, analizando las acciones propias y ajenas con actitud crítica y a partir de fundamentos fisiológicos»(12).

Hizo una pausa para que todos asimilaran la magnitud del hallazgo.

—Así es mucho más genérico —explicó—, caben saberes básicos mucho más variados, que los profesores pueden incorporar en sus situaciones de aprendizaje según los intereses de los alumnos. Además, podrán aplicar el Diseño Universal para el Aprendizaje y personalizar la propuesta educativa sin tener que ceñirse a contenidos estáticos como los aparatos del cuerpo humano o los procesos digestivos. De esta manera, cada alumno podrá abordar el tema desde su propia perspectiva, a su ritmo, y con los recursos que mejor se adapten a su estilo de aprendizaje.

El redactor de ciencias frunció el ceño. Se removió en su asiento. Algo no terminaba de encajar.
—Pero… —se atrevió a decir con cierta cautela—, ¿cómo van los profesores a saber si un estudiante ha adoptado hábitos saludables? Tendrían que evaluar sus conductas alimentarias y de descanso, su nivel de actividad física y su bienestar emocional en su vida cotidiana fuera del centro escolar.

Algunos intercambiaron miradas incómodas.

—¿No exige esto evaluar conductas privadas y familiares? —insistió—. ¿Es justo? ¿Puede la escuela controlar y responsabilizarse de los hábitos que dependen fundamentalmente del contexto familiar?
El silencio cayó como una losa. Todos miraron al jefe del proyecto. Este observó al osado con la condescendencia de quien sabe que su interlocutor ha cometido un error, pero está dispuesto a perdonarlo.

El redactor, al darse cuenta de la inconveniencia de su cuestionamiento, bajó la mirada.

Hizo un gesto de disculpa con las manos, expresando arrepentimiento.

—No volverá a suceder —murmuró.

El jefe del proyecto asintió con benevolencia.

—Sigamos —ordenó.

Y así, sin más, el problema quedó resuelto.

—De acuerdo, lo he comprendido —insinuó una de las encargadas de concretar la parte de matemáticas, con una sonrisa de súbita iluminación—. Ahora veo que los criterios de evaluación que las enseñanzas mínimas de 2006 establecieron eran una auténtica barbaridad.

Se aclaró la garganta y, con gesto dramático, leyó en voz alta un extracto del currículo de la época:

—Fijaos en este criterio para primero de ESO: los estudiantes debían aprender a «Utilizar números naturales y enteros y fracciones y decimales sencillos, sus operaciones y propiedades, para recoger, transformar e intercambiar información»(13).

Hizo una pausa para dejar que la atrocidad del texto calara en los presentes.

—¡Y aún hay más! —exclamó, con los ojos como platos—. Se especificaba que se debía prestar especial atención a valorar, en casos sencillos, la competencia en el uso de operaciones combinadas como síntesis de la secuencia de operaciones aritméticas.

—¡Qué barbaridad! —dijo, llevándose una mano al pecho mientras sacudía la cabeza—.

Luego, enderezándose en su silla, añadió con solemnidad:

—Ahora lo entiendo. Para que no se identifique el criterio de evaluación con el contenido… —se corrigió inmediatamente—. Perdón, aún me traiciona el subconsciente. Quería decir, el saber básico…

Un murmullo de aprobación recorrió la sala.

—Los criterios de evaluación deben referirse a todos y a ningún saber al mismo tiempo —prosiguió con aire magistral—. Por ejemplo, en vez de aquella aberración de 2006, es mucho mejor decir que el alumno debe «Aplicar herramientas y estrategias apropiadas que contribuyan a la resolución de problemas»(14) y «Comprobar la corrección matemática de las soluciones de un problema»(15).

Miró a su alrededor con orgullo y añadió:

—Da igual de qué problema se trate: de álgebra, de probabilidad, de aritmética, o de cualquier otra área matemática. Lo importante es que el criterio no especifique saberes concretos.

Algunos asentían con admiración. Otros tomaban notas con avidez.

—Claro que —continuó, con un leve gesto de inquietud—, quizás algún profesor se pregunte si un alumno competente para comprobar la corrección matemática de las soluciones de un problema de geometría transferirá dicha competencia a uno de estadística, aunque sean saberes tan diferentes.

Se encogió de hombros.

—Pero si aún duda… si todavía cree que no se puede ser competente en algo de lo que no se sabe por transferencia, es que aún no ha aceptado la superioridad de las competencias en educación.

Silencio.

Reflexión.

Iluminación colectiva.

—Por otro lado —prosiguió con un destello de inspiración—, dado que las matemáticas provocan malestar a los alumnos, podríamos incluir un criterio de evaluación para que los profesores se centren en valorar y corregir las emociones negativas que genera resolver un problema de aritmética.

Algunos se inclinaron hacia adelante, intrigados.

—No vaya a ser que, en su afán por ayudarlos, se les ocurra justamente enseñar aritmética para que mejore su autoconcepto matemático.

Una risa contenida recorrió la sala.

—Propongo que los docentes evalúen si los alumnos gestionan «las emociones propias, desarrollan el autoconcepto matemático como herramienta y generan expectativas positivas ante nuevos retos matemáticos»(16).

Los presentes intercambiaron miradas cómplices. Entonces alguien preguntó con cautela:

—Pero, si los profesores valoran negativamente el autoconcepto matemático de un alumno, ¿no estarían logrando el efecto contrario al deseado? Quiero decir, si un estudiante ya cree que no es bueno en matemáticas, difícilmente mejorará su autoconcepto si su profesor lo califica negativamente en este criterio por considerar que tiene una percepción deficiente de sus habilidades. ¡Buf! ¡Qué lío!

El gran ideólogo sonrió con indulgencia.

—¡Ah, pero ahí está la magia de la evaluación formadora! —proclamó con entusiasmo—. No se trata de penalizar al alumno por tener un autoconcepto bajo, sino de ayudarle a tomar conciencia de su necesidad de mejora.

Hizo una pausa estratégica y luego continuó:

—Si un estudiante obtiene una valoración negativa en este criterio, no es porque lo estemos castigando, sino porque estamos identificando una carencia en su desarrollo personal. Y una vez identificada, podremos intervenir para que transforme su percepción de sí mismo.

Miró a su alrededor, detectando algunas miradas dubitativas.

—Es como un círculo virtuoso —insistió—. Si le hacemos ver que su autoconcepto matemático es insuficiente, entenderá que debe fortalecerlo. Y cuando lo fortalezca, lo reconoceremos con una mejor calificación.

Los presentes asintieron lentamente. Algunos, convencidos. Otros, atrapados en la lógica inapelable de aquel nuevo paradigma.

—Y esto me ha hecho pensar —continuó, con el tono de quien acaba de resolver un problema filosófico milenario— que deberíamos crear criterios de evaluación en todas las áreas y materias que reflejen si los alumnos saben trabajar en equipo.

Se detuvo un instante y, con una teatralidad medida, añadió:

—Ya que estamos en matemáticas, os mostraré un ejemplo. En el primer ciclo de primaria, establecemos como criterio de evaluación que los alumnos sean competentes para «Participar respetuosamente en el trabajo en equipo, estableciendo relaciones saludables basadas en el respeto, la igualdad y la resolución pacífica de conflictos»(17).

Se inclinó sobre la mesa y miró a sus compañeros con expectación.

—¿No es magnífico?

Un aplauso sordo, compuesto de asentimientos y sonrisas satisfechas, recorrió la sala. La ingeniería educativa avanzaba con paso firme.

Lógicamente, habría que complicarlo un poco más en tercero y cuarto de primaria. Así que, en el segundo ciclo, ya no bastaría con que los alumnos participaran, sino que tendrían que trabajar de forma activa y comunicarse respetando la diversidad del grupo:

—«Trabajar en equipo activa y respetuosamente, comunicándose adecuadamente, respetando la diversidad del grupo y estableciendo relaciones saludables basadas en la igualdad y la resolución pacífica de conflictos»(18).

Los presentes asintieron, impresionados por la sutileza de la progresión.

—Y en quinto y sexto de primaria, añadiremos que tengan iniciativa y muestren empatía —continuó, elevando la apuesta—:

—«Trabajar en equipo activa, respetuosa y responsablemente, mostrando iniciativa, comunicándose de forma efectiva, valorando la diversidad, mostrando empatía y estableciendo relaciones saludables basadas en el respeto, la igualdad y la resolución pacífica de conflictos»(19).

Una pausa para la reflexión.

—¿Habéis visto cómo se gradúa la dificultad de un criterio de evaluación? ¡Pues manos a la obra!

Uno de los asistentes alzó tímidamente la mano y reflexionó con voz entrecortada:

—Las emociones están presentes en todos los ámbitos de la vida, y no sé si intentar homogeneizarlas y convertirlas en criterios de evaluación no es un poco excesivo. ¿Podrán los maestros evaluar la empatía? ¿Un maestro con poca empatía será capaz de reconocer a un alumno empático? ¿Y no es, en sí mismo, una falta de empatía valorar negativamente la falta de empatía?

Pero la pregunta se quedó flotando en el aire como un problema matemático sin resolver, un enigma sin respuesta, un axioma sin demostración.

El gran ideólogo sostuvo la mirada al interpelante con una mezcla de condescendencia y paciencia infinita.

— La empatía, la resiliencia… Todo se puede evaluar si lo planteamos de la manera adecuada. —reflexionó, paseando la vista por la sala—.

El auditorio guardó silencio. No porque estuvieran convencidos, sino porque comprendieron que la lógica interna de la nueva pedagogía no admitía contradicciones.

—Pensemos en una rúbrica —prosiguió con tono didáctico—. Si el alumno expresa verbalmente comprensión hacia la diversidad del grupo mientras resuelven un reto matemático propio de la vida real, nivel aprendiz. Si, además, lo demuestra en sus interacciones, avanzado. Si llega a emocionarse con las dificultades ajenas, marcamos experto. Ha mostrado empatía en matemáticas.

Un susurro recorrió la sala. Estaban siendo testigos del gran cambio de paradigma educativo que transformaría la educación y el mundo.

Tras meses de arduo trabajo intentando elaborar criterios de evaluación que no pudieran vincularse a saberes básicos específicos, que fueran aplicables a todo y a nada al mismo tiempo y que estuvieran redactados de manera que admitieran múltiples interpretaciones, llegó el momento esperado por todos.

La piedra angular de la nueva arquitectura curricular, el gran desafío del sistema educativo, la solución al problema casi metafísico de la desvinculación entre competencias clave y materias, que ningún currículo había resuelto hasta entonces, estaba a punto de ser revelada.

El gran ideólogo reunió a todos los escribientes y proclamó:

—Ha llegado la hora de la verdad. Todos habéis diseñado competencias específicas para vuestras materias. Es el momento de conectar cada una de ellas con varios descriptores operativos de las competencias clave (20). De este modo, cuando el estudiante adquiera una determinada competencia específica en una materia, estará al mismo tiempo desarrollando diversas parcelas de múltiples competencias clave, y su Perfil de salida será cada vez más completo y robusto, como un árbol que extiende sus ramas en todas direcciones, alimentándose de raíces invisibles que nadie ha visto pero que sostienen todo el bosque….

Un murmullo de admiración se extendió por la sala. Hasta que alguien, con una leve inquietud, alzó la mano.

—¿Pero cómo establecemos esas conexiones? —preguntó la responsable de geografía e historia, con cautela—. Me imagino que tendremos que diseñar una investigación objetiva, válida y fiable que nos permita valorar la correlación existente entre una variable referida a una competencia específica y las variables de los descriptores operativos, ¿no? Aunque, la verdad, ahora mismo me cuesta un poco intuir cómo llevar a cabo tal investigación…

—No te preocupes —respondió el ideólogo con aire magnánimo—. Tampoco es necesaria ninguna sofisticada investigación. Vosotros mismos, que habéis redactado las competencias específicas, podréis hacer la extrapolación. Y con la creatividad que habéis demostrado, estoy seguro de que podréis decidir qué descriptores asociáis a cada competencia de vuestras materias. Sois los expertos.

Un silencio expectante se instaló en la sala. La coordinadora de geografía e historia asintió lentamente, como si tratara de convencerse a sí misma.

—Entonces… —titubeó—, ¿lo hacemos a ojo de buen cubero?

El ideólogo sonrió con indulgencia.

—Llámalo juicio experto, criterio pedagógico o alineación curricular flexible. Lo importante es que el resultado sea coherente en el papel.

Los asistentes intercambiaron miradas. Algunos garabatearon conexiones en sus cuadernos, otros revisaron mentalmente sus competencias específicas, tratando de encontrarles sentido dentro del nuevo entramado.

—Y recordad —añadió el ideólogo, con énfasis—, lo esencial es que todas las competencias específicas de vuestras materias estén relacionadas con al menos cuatro o cinco descriptores operativos de las competencias clave. Cuantas más, mejor.

La encargada de educación física mostró una leve preocupación en su rostro.

—Pero… ¿y si algunas relaciones son un poco forzadas?

—Eso no importa —zanjó el ideólogo—. Lo importante es que parezcan naturales. Como las constelaciones: nosotros trazamos las líneas y, de repente, lo que eran estrellas dispersas se convierten en un dibujo perfectamente reconocible.

Un murmullo de asentimiento recorrió la sala. El diseño curricular avanzaba con la precisión de un mapa celeste: exacto en apariencia, arbitrario en su construcción.

Y así fue como todos los redactores empezaron a relacionar alegremente las competencias de sus materias con los descriptores operativos.

La responsable de educación física, sin embargo, frunció el ceño. Algo no le terminaba de encajar.

—Disculpa —le dijo a una compañera—, mira cómo me queda esto. Resulta que, en nuestra competencia específica dos, los docentes programarán actividades como fútbol gaélico, voleibol, judo o skate. Mediante estas actividades, los alumnos adquirirán la competencia específica de «Adaptar, con progresiva autonomía en su ejecución, las capacidades físicas, perceptivo-motrices y coordinativas, así como las habilidades y destrezas motrices, aplicando procesos de percepción, decisión y ejecución adecuados a la lógica interna y a los objetivos de diferentes situaciones con dificultad variable, para resolver situaciones de carácter motor vinculadas con distintas actividades físicas funcionales, deportivas, expresivas y recreativas, y para consolidar actitudes de superación, crecimiento y resiliencia al enfrentarse a desafíos físicos»(21). Ahora que la leo, la verdad es que muy específica no me ha quedado.

Respiró hondo antes de continuar:

—Esta competencia, la he relacionado con varios descriptores operativos de diferentes competencias clave, pero no lo acabo de ver claro. Por ejemplo, según esto, los alumnos desarrollarán el descriptor número dos de la competencia emprendedora, que dice que el alumno «Evalúa las fortalezas y debilidades propias, haciendo uso de estrategias de autoconocimiento y autoeficacia, y comprende los elementos fundamentales de la economía y las finanzas, aplicando conocimientos económicos y financieros a actividades y situaciones concretas, utilizando destrezas que favorezcan el trabajo colaborativo y en equipo, para reunir y optimizar los recursos necesarios que lleven a la acción una experiencia emprendedora que genere valor»(22).

Levantó la vista con una mueca de escepticismo.

—No sé… Me cuesta ver que practicando judo los alumnos puedan comprender los elementos fundamentales de la economía y las finanzas.

Su compañera le dio una palmadita en el hombro.

—Tranquila, es normal que no lo veamos ni tú ni yo porque no fuimos educadas por competencias. Tú no digas nada. Sonríe y cruza los dedos.

Luego, con voz tranquilizadora, añadió:

—Y no te preocupes, que los de infantil están aún más perdidos. Cuando vieron que tenían que desarrollar la competencia digital y la emprendedora en niños de tres, cuatro y cinco años… casi entran en pánico (23). Lo de la emprendedora no sé cómo lo habrán resuelto, pero para la digital han incluido como saber básico la «alfabetización digital» ¡en infantil!, donde han metido el uso de «aplicaciones y herramientas digitales con distintos fines: creación, comunicación, aprendizaje y disfrute»(24). No sé muy bien cómo encaja esto con las advertencias de las asociaciones de pediatría sobre el uso frecuente de pantallas en niños pequeños, pero quizás haya que dialogar con ellas para explicarles nuestro enfoque. La alfabetización digital antes que la alfabetización a secas… Mejor no pensar demasiado y tener confianza.

Se respiraba un ambiente de satisfacción en aquella gran sala donde el rumbo de la educación iba a cambiar para siempre. Habían creado una perfecta estructura evaluativa piramidal: si conseguías un criterio de evaluación, desarrollabas una competencia específica que, al mismo tiempo, contribuía a adquirir un descriptor operativo. Todo conectado. Un árbol competencial perfectamente enraizado. ¡Era pura ingeniería curricular!

Cuando todos hubieron finalizado, se pusieron a trabajar en la evaluación. Si querían que los docentes evaluaran cada uno de los criterios que habían definido con tanto esfuerzo, debían obligarlos a recopilar evidencias de logro y, sobre todo, a asignar una calificación individual a cada criterio. En caso contrario, de nada servía la estructura creada. La valoración de cada criterio era lo que alimentaba el Perfil de salida, mediante una red de canalizaciones que garantizaban la trazabilidad del aprendizaje, como los acueductos romanos que, con precisión milimétrica, distribuían el agua hasta el último rincón del Imperio, asegurando su prosperidad y funcionamiento (25).

Pero había un problema: no podían establecer por real decreto que los profesores evaluaran cada criterio de forma independiente para alimentar el Perfil de salida de cada alumno. ¡Sería llevar las cosas demasiado lejos!

Entonces, alguien tuvo una idea brillante.

—Dejemos en manos de la administración educativa de cada comunidad autónoma la ejecución del plan. Nosotros simplemente definiremos los criterios de evaluación como «referentes que indican los niveles de desempeño esperados en el alumnado en las situaciones o actividades a las que se refieren las competencias específicas de cada materia o ámbito en un momento determinado de su proceso de aprendizaje»(26).

De este modo, aunque en sus decretos de currículo las administraciones autonómicas no pudieran obligar a los docentes a poner una calificación en cada criterio, siempre podrían encontrar una argucia para lograrlo.

Aplausos. Genialidad pura.

Y así fue como muchas administraciones descubrieron que tenían un arma mucho más potente que la normativa: los programas informáticos oficiales. ¿Quién iba a imaginar que obligar a los docentes a introducir una nota de cada criterio en la aplicación informática no está en la legislación?

—Como los centros educativos deberán emitir un informe final sobre las competencias clave, los forzaremos a registrar calificaciones en cada criterio. De este modo, activaremos la arquitectura curricular que nos permitirá definir, de manera matemática, el Perfil de salida de cada alumno —explicó con gran satisfacción el encargado de este apartado.

Pero algo se les escapaba. O eso parecía.

El escribiente que se encontraba junto a la puerta se levantó de golpe, con el rostro tenso y una expresión preocupada, y exclamó:

—¡La promoción! ¡La titulación! Todo nuestro trabajo puede convertirse en papel mojado si no modificamos la forma en la que los alumnos pasan de curso. Estamos a punto de conseguir que los profesores evalúen las competencias del Perfil de salida desde sus desdibujadas materias y sin centrarse en contenidos, pero si la promoción sigue dependiendo del número de materias suspendidas, no habremos cambiado nada. Si las competencias del Perfil de salida son el verdadero referente, el hecho de aprobar o suspender asignaturas no puede condicionar la promoción. ¿No lo veis?

Dicho esto, se llevó las manos a la cabeza, abrumado por la desesperación.

El gran ideólogo lo observó con compasión. Con voz serena, casi en un susurro, lo calmó diciendo:

—No te preocupes. Ya está resuelto. Será el equipo docente quien decida la promoción y la titulación de los alumnos sin que las materias tengan peso alguno. La única referencia será el nivel competencial alcanzado. Ese, y solo ese, será el gran criterio (27).

Hizo una pausa teatral antes de añadir, con una sonrisa satisfecha:

—Además, con esto no solo lograremos educar competencialmente, sino que mejoraremos la tasa de graduados en ESO y reduciremos el abandono escolar.

Y, alzando las manos hacia el cielo, proclamó:

—¡Así, y solo así, nacerá el ciudadano del siglo XXI!

Y fue de este modo como el gran cambio educativo aconteció. Solo faltaba que los centros de formación del profesorado, fundaciones y organismos pedagógicos afines difundieran el nuevo paradigma, formando a los docentes en la «correcta» interpretación de la normativa y en la aplicación de metodologías acordes con el enfoque competencial.

Si en un futuro cercano los resultados no fueran los esperados, siempre quedaría la opción de responsabilizar a los docentes por unas competencias profesionales insuficientes, su falta de formación, compromiso o inquietud pedagógica…

Y si alguien osara cuestionar la Nueva Educación…

NOTA DEL AUTOR:
Salvo las referencias legales, todo lo relatado es pura ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera casualidad… o no.


NOTAS:

(1) Los objetivos de la educación secundaria obligatoria se establecen el artículo 23 de la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, modificada por la Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre. https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2020-17264 

(2) El artículo 11.2 del Real Decreto 217/2022, de 29 de marzo, por el que se establece la ordenación y las enseñanzas mínimas de la Educación Secundaria Obligatoria (https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2022-4975), determina: «El Perfil de salida del alumnado al término de la enseñanza básica fija las competencias clave que el alumnado debe haber adquirido y desarrollado al finalizar la enseñanza básica. Constituye el referente último del desempeño competencial, tanto en la evaluación de las distintas etapas y modalidades de la formación básica, como para la titulación de Graduado en Educación Secundaria Obligatoria. Fundamenta el resto de decisiones curriculares, así como las estrategias y orientaciones metodológicas en la práctica lectiva».

(3) Descriptor operativo número 1 de la competencia personal, social y de aprender a aprender de la ESO, establecido en el anexo 1 del Real Decreto 217/2022.

(4) El artículo 24 de la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, modificada por la Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, establece que las materias de los cursos de primero a tercero de la etapa de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) pueden agruparse en ámbitos. Con el objetivo de que un único docente, independientemente de su especialidad, pueda impartir todas las materias del ámbito, el artículo 2.5 del Real Decreto 286/2023, de 18 de abril, que regula la asignación de materias en la ESO y Bachillerato, dispone lo siguiente: «Los ámbitos resultantes de la agrupación de materias en los tres primeros cursos de la Educación Secundaria Obligatoria (…) serán impartidos por personal funcionario de los cuerpos de catedráticos de enseñanza secundaria y de profesores de enseñanza secundaria de alguna de las especialidades que tengan atribución docente para impartir cualquiera de las materias que se integran en dichos ámbitos». (https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2023-9553)

(5) Artículo 2, letra f de los reales decretos que establecen las enseñanzas mínimas en las etapas de la educación básica (Real Decreto 157/2022 y Real Decreto 217/2022).

(6) El artículo 10 del Real Decreto 157/2022 y el artículo 12 del Real Decreto 217/2022, establecen que: “Para la adquisición y desarrollo, tanto de las competencias clave como de las competencias específicas, el equipo docente planificará situaciones de aprendizaje en los términos que dispongan las administraciones educativas”.

(7) Anexo III del Real Decreto 157/2022 y del Real Decreto 217/2022.

(8) La Disposición final primera del Real Decreto 157/2022 y del Real Decreto 217/2022 establecen: «El anexo III carece del carácter de normativa básica». 

(9) Artículo 6 de la LOE-LOMLOE.

(10) Artículo 2 del Real Decreto 157/2022 y del Real Decreto 217/2022.

(11) Criterio de evaluación número 11 de Ciencias de la Naturaleza, Anexo I del Real Decreto 1007/1991, de 14 de junio, por el que se establecen las enseñanzas mínimas correspondientes a la Educación Secundaria Obligatoria. https://www.boe.es/boe/dias/1991/06/26/pdfs/C00035-00077.pdf

(12) Criterio de evaluación número 5.2 de Biología y geología, anexo II del Real Decreto 217/2022.

(13) Criterio de evaluación número 1, Anexo I, Matemáticas, Real Decreto 1631/2006, de 29 de diciembre, por el que se establecen las enseñanzas mínimas correspondientes a la Educación Secundaria Obligatoria. https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2007-238  

(14) Criterio de evaluación número 1.2, primero a tercero de matemáticas, Anexo 1, Real Decreto 217/2022.

(15) Criterio de evaluación número 2.1, primero a tercero de matemáticas, Anexo 1, Real Decreto 217/2022.

(16) Criterio de evaluación número 9.1, primero a tercero de matemáticas, Anexo 1, Real Decreto 217/2022

(17) Criterio de evaluación número 8.1, primer ciclo, Matemáticas, Anexo II, Real Decreto 157/2022.

(18) Criterio de evaluación número 8.1, segundo ciclo, Matemáticas, Anexo II, Real Decreto 157/2022.

(19) Criterio de evaluación número 8.1, tercer ciclo, Matemáticas, Anexo II, Real Decreto 157/2022.

(20) El artículo 2 del Real Decreto 157/2022 y del Real Decreto 217/2022 establecen que: «Las competencias específicas constituyen un elemento de conexión entre, por una parte, el Perfil de salida del alumnado, y por otra, los saberes básicos de las materias o ámbitos y los criterios de evaluación».

(21) Competencia específica 2, primero y segundo de ESO, Educación física, Anexo II, Real Decreto 217/2022. 

(22) El descriptor operativo número 2 de la competencia emprendedora, recogido en el Anexo I del Real Decreto 217/2022, se acompaña de una explicación que incluye ejemplos de actividades deportivas para su desarrollo, como fútbol gaélico, ultimate, lacrosse, voleibol, frontenis, pickleball, paladós, rounders, softball, boccia, tiro con arco, judo, esgrima, skate, orientación, gimnasia deportiva o atletismo. Al igual que en el resto de competencias específicas, se establecen conexiones con el Perfil de salida. En este caso, se indica lo siguiente: «Esta competencia específica se conecta con los siguientes descriptores del Perfil de salida: CPSAA4, CPSAA5, CE2, CE3». CPSAA hace referencia a la Competencia personal, social y de aprender a aprender, mientras que CE corresponde a la Competencia emprendedora.

(23) Anexo I del Real Decreto 95/2022, de 1 de febrero, por el que se establece la ordenación y las enseñanzas mínimas de la Educación Infantil. https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2022-1654.

(24) La alfabetización digital se incluye como saber básico en el segundo ciclo de educación infantil. En concreto, forma parte del Área 3: Comunicación y Representación de la Realidad (Anexo II del Real Decreto 95/2022). Además, se han establecido criterios de evaluación. Los alumnos deben: «Interactuar con distintos recursos digitales, familiarizándose con diferentes medios y herramientas digitales» (CA 1.4) y «Expresarse de manera creativa, utilizando diversas herramientas o aplicaciones digitales intuitivas y visuales» (CA 3.7).

(25) Ninguno de los conceptos del entramado pedagógico establecido en los reales decretos que desarrollan la educación básica según la Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, por la que se modifica la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (Real Decreto 157/2022 y Real Decreto 217/2022), se encuentra en la propia ley. En el texto de la LOMLOE no se mencionan el Perfil de salida, las competencias clave, las competencias específicas, los descriptores operativos, los saberes básicos ni las situaciones de aprendizaje.

(26) Artículo 2, letra d de los reales decretos que establecen las enseñanzas mínimas en las etapas de la educación básica (Real Decreto 157/2022 y Real Decreto 217/2022).

(27) El artículo 11.2 del Real Decreto 217/2022 establece que el Perfil de salida «Constituye el referente último del desempeño competencial (…) en la evaluación de las distintas etapas». Por su parte, el artículo 16 determina que «Las decisiones sobre la promoción del alumnado de un curso a otro serán adoptadas, de forma colegiada, por el equipo docente, atendiendo al grado de consecución de los objetivos y de adquisición de las competencias establecidas y a la valoración de las medidas que favorezcan el progreso del alumno o la alumna».


© 2025 Miguel Ángel Tirado Ramos, Associació OCRE
Título: La evaluación prodigiosa: Una distopía sobre cómo se gestó la evaluación en la LOMLOE 

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ISBN: 978-84-09-72282-2